martes, 28 de octubre de 2014

Soneto de la mediocridad

Tú, que ebria siempre de noche vuelves              
Te acuestas temblando a mi lado           
Como una cervatilla en ciernes
Y me ofreces tu seno helado.    
  
Por la mañana siempre te has ido           
Dejándome un manchón de anhelo      
Te recuerda mi talento diluido 
Como si mi tinta guardase duelo          
                                                                                                                                                                           
Te recuerdo fumar, con desdén mirar    
Mis papeles rotos de frustración:                          
El triste aborto de nuestro affaire.         
                                                                                                                                                                           
Ver mi infame letra, ni canción                
Ni poesía, ver cómo te marchas.             
Y me dejas solo, inspiración.       

miércoles, 15 de octubre de 2014

Soneto del día a día


Ya la locomotora avanza
por sobre rieles de carne
avanza y mancilla el cielo 
dejando un rastro azabache


De triste, vacua mirada
el tren sacrificios lleva
apretados mas que unidos
un solo grito se eleva


En un corazón obrero
ni una esperanza queda
los rodea el olor a muerte


y opio papel moneda
caminando hombro con hombro
como en un puño de seda.

sábado, 20 de septiembre de 2014

El último deseo de Ren Kyoka

Pequeña nota previa:
Este es, de todos los cuentos malos que escribí, el que más me gusta. Lo había borrado del blog porque estaba participando en un concurso literario que obviamente perdí; bien mirado el asunto, es lo más justo. Esta es una historia que trata sobre la pequeña grandeza que solamente se halla en el fracaso y sobre el consuelo que se encuentra en los deseos incumplidos.  



“La vida está en la felicidad. La felicidad está en el amor. El amor está en el servicio” Se repitió Ren Kyoka por séptima vez en lo que iba del día, mascando la única herencia de algún poeta ya muerto y olvidado. Esta vez era un hombre fornido el que había entrado a la habitación de la Señora Mizuki Hanzo, con las espaldas rectas y el mentón apuntando al cielo, flotando sobre su propia autocomplacencia. Ren le abrió el paso luego de identificarlo y siguió plantado junto a la puerta como si fuese un roble o una estatua, mientras los tenues gemidos de Mizuki-dono escapaban a través de la puerta de papel.
Mizuki Hanzo era la esposa de Hattori Hanzo, Capitán del ejército del Shogun; Ren Kyoka era el encargado de protegerla. Hanzo se había marchado hacía ya una buena cantidad de meses, en una expedición militar a una isla cercana. Todavía no era un enigma el regreso de su marido cuando Mizuki empezó a convocar a los primeros de su interminable lista de amantes. Ren, en su calidad de mayordomo, se hallaba atravesado entre su deber como samurái y amigo de Hanzo, y su deber como guardián de Mizuki. Solo bastaban unas palabras al regreso de Hattori para que la cabeza de la libidinosa dama rodase por el suelo, acariciando la madera del piso con su ligero velo de cabellos negros.
Pero más oscuras y personales eran las razones de Ren Kyoka para no delatar a su señora. Desde su más tierna infancia, el mayordomo amaba profundamente a Mizuki, aún a sabiendas de que ya estaba comprometida con Hattori Hanzo. El amor, rebelde a los designios sociales y personales, siguió su curso y ya había pasado una veintena de años desde que la dama Mizuki le había arrancado su primer y solitario suspiro.
Su amor para con ella siempre había sido respetuoso, lejano, sumergido y opacado por un respeto y una reverencia casi anormales, aún para un samurái. Una sola mirada, una única palabra dirigida a él de parte de su amada bastaban para hacerlo temblar y enfebrecerse. Mizuki, sin embargo, no solía hablarle en demasía, y menos aún con algo parecido al cariño. Luego de la partida de Hattori, ella comenzó a ignorarlo casi por completo, ante el alivio y la desesperación de él.
Ren llegaba a su habitación y meditaba en silencio sobre cada pequeño gesto, cada palabra dicha al azar, cada simple suspiro o sonrisa dedicada a la nada. Buscaba un mensaje oculto, alguna alusión a un amor compartido entre ambos. Era indudable que Ren la amaba (hasta Hattori debería saberlo, pensaba él, en alguna que otra noche lúgubre), pero los demás fingían ignorar su penosa condición, como un método retorcido de acusación y tortura. En el fondo, todos los habitantes del castillo de Edo sentían en menor o mayor medida la seductora influencia de Mizuki. Era una mujer que había nacido para dominar el destino de cada hombre que la rodease. Como todas.
Noche tras noche, Ren era el encargado de hacer pasar a los hermosos y furtivos amantes de la dama a la cual amaba. La tarea le había sido impuesta por ella misma, cuando todavía no había pasado siquiera una semana desde la partida de su Señor. Ren aceptó con estoica parsimonia y se avocó a sus tareas sufriendo voluptuosamente, quizá contento por recibir su justo castigo, pero todavía partido a la mitad por el honor y la envidia.
A pesar de sus continuos pecados, él todavía sentía (o quería sentir) la pureza casi virginal que subsistía en ella. Buscaba las más inverosímiles excusas para su vergonzoso comportamiento, hasta cuando los amantes comenzaron a entrar en parejas. Quizá su esposo Hattori la había golpeado, o quizá jamás la había atendido como marido, o quizá… Ren solía interrumpir estos pensamientos, avergonzado todavía más; era impropio de un servidor pensar tales cosas de su amo.
Cualquier pequeño detalle le recordaba a su belleza. Las hojas de cerezo cayendo por doquier, del color de sus mejillas. Los estandartes en la noche, sobre las murallas, negros como la cascada de cabello cayendo sobre sus hombros y sumergiéndose en los pequeños pero probablemente dulces pechos. El susurro del viento se le antojaba desesperadamente similar a los que ella exhalaba durante lo que Ren suponía era la cumbre de su placer. La amaba.
Cierta noche, uno de los amantes fue despedido casi de inmediato. Habían pasado dos años ya desde la partida de Hattori Hanzo, y Ren Kyoka era casi un anciano, arruinado por la pasión contenida y el sufrimiento silente. Desde dentro de la habitación, la voz de Mizuki lo llamó dulcemente, casi como si fuese uno de sus tantos sueños.
Ren Kyoka entró al aposento, deleitándose y sufriendo con la fragancia a flores y sexo reciente. El samurái pensaba, a menudo, que el dolor y el placer no eran sino la misma cosa. Un amor sin sufrimiento sólo era una urna vacía pero bien decorada.
Volvió a la realidad. Allí, delante de él, bajo la luz de todas las estrellas del universo y las velas de todo el mundo, se encontraba ella. Llevaba solo un kimono rojo y blanco, caído sobre el lado izquierdo y dejando ver un hombro. La visión de la piel de su señora lo perturbó gravemente y miró hacia un costado.
—Oh, he esperado tanto por ti, Ren Kyoka… —suspiró Mizuki, lascivamente.
— ¿Qué está diciendo, Mizuki-dono? —tartamudeó él, temblando, como si las palabras que escuchaba no fuesen las que había ansiado desde el principio del universo, y como si su señora fuese la más pura de las doncellas.
—Que todos estos hombres no han podido llenarme. La cruel imitación del amor no es suficiente, ni en el esposo ni en los amantes —respondió ella, abriéndose sugestivamente el ropaje —. Sé que todo este tiempo me has amado, y sólo estaba probando la magnitud de tus sentimientos. ¡Ven amado mío, que las almas llenen lo que el cuerpo no pudo!
Mizuki se abrió el kimono, dejando ver uno de los millones de cuerpos que Ren se había imaginado en anónimas noches. Su cuerpo palpitaba absurdamente bajo la mirada del mayordomo. Ren Kyoka, sin aliento, avanzó un paso hacia las sábanas, pero se detuvo.
La había amado. La había amado mientras era un ser casi divino, imposible de alcanzar, hermosa y distante como la luna o la inmortalidad. Ahora, ella era tan burdamente real como cualquier otra cosa. Como una pared, como los guardias que vigilaban el castillo, como el excremento de perro que se encontraba en la calle. Real, real, absurda, inadmisiblemente vulgar.
Salió a la carrera del aposento, dejando a Mizuki Hanzo confundida y medio desnuda, quizá también desconsolada. Atravesó los pasillos del castillo a paso rápido en dirección a los establos, dispuesto a ensillar un caballo y huir, huir como lo había hecho toda su vida.
Cuando salió al patio lo sorprendió un gran número de hombres armados, portando el estandarte rojinegro de su señor. Hattori Hanzo apenas lo reconoció cuando bajó de su montura y acto seguido le dio un fuerte abrazo, rompiendo con siglos de protocolo.
—Ren Kyoka, he regresado. Ha pasado mucho tiempo.
—Así es, Hanzo-sama —respondió el mayordomo humildemente. Nunca se había atrevido a mirarlo de frente, y mucho menos ahora. Tenía los ojos cerrados fuertemente, quizá tratando de retener el recuerdo de la nívea piel de Mizuki-dono hasta el fin de sus días. Quizá contra su voluntad.
—Has envejecido —repuso Hattori, mirándolo más de cerca, reparando en las arrugas y el pelo blanquecino—. Has envejecido demasiado. ¿Ha sucedido algo durante mi ausencia?
Ren Kyoka, samurái y mayordomo regente de Hattori Hanzo comprendió en ese momento lo que debía hacer. Tragó saliva ante la mirada expectante de su señor y sus soldados.
—De hecho, sí, Hanzo-sama. Los guardias y los espíritus pueden ser mis testigos esta noche, porque he de contarle los cientos de pecados que cometió su esposa durante su larga ausencia.
Hattori Hanzo lo miró, casi con compasión. Después de décadas, el samurái pudo devolverle la mirada.

“La vida está en la felicidad
La felicidad está en el amor,
 El amor está en el servicio”
Ren Kyoka se repitió por vez incontable estas palabras. Solo que ahora ya no podía creer en ellas.
        


miércoles, 2 de julio de 2014

Sephiroth


                Llegó cansado de trabajar, como siempre. Saludó con desgano a su hijo, dándole un pequeño golpecito en el casco de ReaVir, como siempre. Como si fuese un cadáver, Thomas siguió acostado e inmóvil, mientras el aparato que llevaba en la cabeza vibraba a intervalos.
                Como siempre.
                Se sacó los filtros de la nariz y el barbijo, ambos llenos de polvo color ocre: el vomito de La Tierra. Los depositó en una pequeña mesa cerca del sillón y acto seguido se recostó en este último.
                Observó la superficie caoba de la mesa de plástico que tenía delante de él. En épocas mejores habría alguna especie de nota de su mujer, diciéndole que llegaría tarde del trabajo (como siempre) y que las salchichas (como siempre) estaban en la heladera (como siempre). Ahora, ni siquiera eso. Sólo los polvorientos filtros que llevaba todo el día en la nariz, percudidos de mugre urbana.
                De reojo, miró a Thomas, su único hijo. El casco seguía zumbando, tan regular y controlado como su respiración. Si se lo observaba bien, cada tanto podía ver pequeñas reacciones reflejo en su cuerpo, como si estuviese electrocutando. Ojalá fuese así, pensó fugazmente antes de verse invadido por una ola de terrible vergüenza y negación.
                El cuerpo fofo de su hijo seguía moviéndose de a pedacitos, casi imperceptiblemente. Seguro estaba en alguno de eso servicios sexuales que están de moda en estos días, se dijo Adam. Bien por él; con el cuerpo horroroso que tenía era la única manera de obtener placer sexual que le quedaba. Definitivamente no podría enamorar a nadie en el mundo real, a la vieja usanza.
                Desvió una mirada cuando un rastro húmedo apareció en la entrepierna de su hijo. Como seguramente pensaron todos sus antepasados, él también había sido adolescente, pero no tan idiota como la generación que le sucedió.
                Chocó las palmas dos veces y el ciclópeo televisor se encendió, iluminando la habitación con sus impactantes 250 pulgadas. Unas letras doradas gobernaban el centro de la pantalla: “SEPHIROTH”. En el fondo, un pequeño grupo de hombres y mujeres jóvenes jugaban en una playa tropical, pasándose bobamente una pelota multicolor.
                En la vida de alguien que trabaja 12 horas al día suele no haber mucho que recordar más que la sensación de frustración perenne: sin embargo, Adam Saenz jamás olvidaría el día en que, junto a su esposa, oyó hablar por primera vez de Sephiroth. Estaban en ese mismo sillón, solo que frente a un televisor mucho más chico. Un grupo de hombres con pinta de anglosajones eran entrevistados por una conductora de pecho sobrehumano y maneras huecas.

Conductora:-Buenas noches amado público, hoy les traemos a ustedes dos invitados especiales: ¡Los señores Goodman y Haston, de la Global Comunication Company!
(El público aplaude con fervor)
Hombre anglosajón #1:-Good night, good night Anita.
Anita:- Es un orgullo para Trecevisión tener como invitados a tan grandes empresarios como son ustedes. Los logros de GloCom2han mejorado nuestra calidad de vida y lograron que nadie más este solo. Ahora todos estamos conectados, en cualquier parte del mundo. La pregunta que quiero hacerles es: ¿Por qué han venido a Argentina?
Haston (sonriéndole al público):- Hemos venido a Argentina porque nuestro último producto ya está disponible para Sudamérica. ¡Hoy, en este canal, queremos anunciar que Sephiroth, la Vida después de la muerte, está disponible para todos y cada uno de los habitantes de Sudamérica!
(El público enloquece. La seguridad del estudio tiene que formar una barrera humana para que no pasen al escenario, tal es la alegría que se ha desencadenado en el ambiente)
Anita:- ¡Wow! Creo que todos estamos gratamente sorprendidos por esta revelación. Realmente es increíble que la GloCom2nos vaya a regalar este don.
Goodman (sonriéndole a la cámara):- Anita, GloCom2 piensa en todos y cada uno de nosotros. El objetivo de nuestra compañía es, como todos saben, hacer totalmente feliz a la humanidad.
Anita (abanicándose con la mano):- Es realmente increíble. Pero, señor Goodman, cuéntenos en qué consiste el proyecto Sephiroth para aquellos de nuestros televidentes que no lo sepan aún.
Goodman:- Gracias, Anita. Sephiroth, para los pocos que todavía no lo saben, es la última tecnología, el bastión definitivo de resistencia humana ante la muerte. Desde hace milenios, los hombres siempre temieron que la muerte sea el fin de todo. Miles de religiones y sectas se han creado en base a ese miedo. Pero hoy, televidentes, les digo que ya no es necesario temer a nada. Los mejores técnicos e ingenieros en informática de GloComCom han trabajado durante muchísimo tiempo para romper las barreras entre la vida y la muerte.
(El público aplaude y grita. Goodman hace gestos de agradecimiento)
Goodman:- Desde hace ya bastante tiempo que todos sabemos que la personalidad es mucho más importante que nuestro cuerpo físico. Las pruebas preliminares indicaron que ya es -si me perdonan la excesiva confianza- 100% seguro el pasaje de la mente humana a un sistema informático. Consecuentemente, es posible continuar existiendo como una mente sin el cerebro que antes soportaba la vida mental.
Haston:-En otras palabras, Anita: Vida eterna. Esto es Sephiroth, señores y señoras”.
               
                Y después, 30 años de trabajo intenso, rutinario y sin vacaciones.  A los ejecutivos de GloCom2 se les había olvidado comentar que Sephiroth significaba la vida eterna pero sólo a aquellos que pudiesen pagarla. Cuando La Compañía -con mayúsculas- anunció que sus empleados gozarían de un 25% de descuento finalmente logró juntar todas las fichas del tablero en el que venía jugando desde hacía ya 30 años. Para el 2045, tres cuartas partes de la población mundial trabajaban para Global Comunications Company. Al día de hoy, la mitad de las estas trabajaba para mantener, cuidar y ampliar la inmensa base de datos que era el sistema Sephiroth. Ante la inminencia de una vida postrera, que, además de perfecta, era tangible, real y confiable, la economía de consumo decayó notablemente. Nada de esto importaba. La Compañía era dueña del mundo, y bajo sus directivas cada persona se dirigía a una vida mejor, en todos los sentidos.
                Con jornadas laborales de medio día desde los 24 a los 55 años, algunos solían pensar que era mejor la vieja fórmula de la vida eterna, y desperdiciar sólo los domingos y un par de tentaciones ocasionales buscándola. Para el beneficio del resto retrógrada de la sociedad, GloCom2 desmanteló sistemáticamente todo rastro de cualquier clase de culto religioso. De todas formas, no lo necesitaban: habíamos transgredido las barreras y la eternidad estaba ahí, al alcance de la mano.
                Adam miró el cadáver vivo de su hijo, retorciéndose bajo los impulsos electromagnéticos del aparato de ReaVIr, la mancha de la entrepierna creciendo cada vez más. Estaba a punto de preguntarse si, efectivamente, todo tiempo pasado había sido mejor, pero en ese preciso instante comenzó su programa favorito y dejó toda clase de reflexiones profundas para más tarde.

                K. K era la letra que dominaba las vidas de las personas. Los números se hacían cada vez más grandes para disimular que la tecnología era la misma, pero, a su vez, la gente amaba reducir todo al menor esfuerzo posible, aunque sea lingüístico. Así, reducíamos los deberes amorosos, reducíamos el número de pecados, reducíamos el pensamiento, reducíamos los números grandes a una letra. K significaba mil: Adam tenía un televisor de 100K pixels/pulgada que le había costado más de 1K horas de trabajo. Tenía 25K de dólares en su cuenta bancaria en el día 20K de su vida: el día de su muerte.
                Eliminado el miedo a la muerte, la prohibición de la eutanasia no solo era inútil sino hasta contraproducente. En los primeros años Post-Sephiroth, grupos civiles comenzaron a elevar el grito al cielo para adquirir el precioso derecho de burlar por última vez a la naturaleza, y que el estado les provea muertes dignas en una cama prestada de hospital. Pasó medio siglo, y la eutanasia no fue ya libre sino obligatoria: para evitar la superpoblación que lentamente acababa con nuestro planeta, la gente debía morir llegada la edad de jubilación.
                Nadie quiere ser viejo.
                Una muerte joven es una muerte noble.
                Sirve a la Humanidad: muere.
                El Estado le proveerá una muerte tranquila e indolora y un reencuentro con sus seres queridos en Sephiroth. El Estado se preocupa por usted.
                Se vistió como todos los días: corbata de nylon, camisa barata y sonrisa de plástico. Saludó a su mujer, la cual exprimía al máximo su único franco mensual mirando una maratón de una novela extranjera de trama predecible. Su hijo desayunaba en el comedor, con el yogurt chorreándole del pelambre púbico que él llamaba con orgullo una barba. Los saludó con un beso a ambos, pero ninguno reconoció su rostro arrugado.
                Sirve a la Humanidad: muere. Leitmotiv.
                Un diario que repita constantemente que todo está bien fallecería inmediatamente por falta de lectores, así que lo que tomó Adam antes de subirse al subterráneo fue una pequeña revista de divulgación científica. Aunque perteneciente a otro género, el folletín no era por eso más divertido que lo que sería un diario optimista: casi todos los artículos trataban sobre Sephiroth y la disminución de la huella de carbono. Bien por el mundo.
                Llegó al Hospital del Estado a las nueve en punto de la mañana. Miró por última vez el sol esconderse tras una nube de smog grisáceo, mientras las puertas automáticas se abrían como unas piernas lascivas para permitirle el paso. De ahora en más, el sol siempre sería amarillo y el cielo celeste. Todo tiempo futuro será mejor.
                Un burócrata lo atendió en la recepción principal y le indicó que debía subir por el pasillo hasta la habitación 09. Allí, el médico encargado de las jubilaciones se ocuparía de su caso. Adam se despidió con una sonrisa temblorosa de viejo, y el hombre con una mueca de desagrado.
                Puerta 09. Identificación. Preguntas de rutina. Buen viaje hacia el otro mundo, dijo el doctor. Pastilla roja. Faringe dolorida. Sueño. Más sueño.
    Sirve a la humanidad: Muere.
                Adam expiró con dignidad, eficacia y apatía por parte de sus pares: las bases del Estado. El Encargado de jubilaciones anotó la fecha y gritó “que pase el que sigue” mientras dos enfermeros retiraban el cuerpo y lo llevaban a la sala de computación, donde un enorme y potente servidor se encargaba de rescatar toda la información que componía su personalidad y la descargaba en forma de una casi infinita cadena de ceros y unos, que irían directamente a la central de Sephiroth.
                Sólo 32 gigabytes componían toda la memoria, impresiones, sentimientos e ideas del señor Saenz. Mejor dicho, 32K de megabytes.
                
                Unos instantes de vacío, y luego Adam percibió delante de él, como si estuviese al final de un túnel, una luz blanca e intensísima,  pero no tanto como la de su televisor 100K. Aunque carecía de cuerpo, podría decirse que caminó hacia la luz. Luego de 55 años, sintió algo cercano a la felicidad: después de todo, la vida después de la muerte era verdad.
                Atravesó la luz e instantáneamente se encontró sentado en una cama, bastante parecida a la que usaba en su propia casa, la de la vida “terrenal”. Unas letras doradas flotaban en el aire: Bienvenido a Sephiroth, rezaban.
                Todo se sentía absolutamente igual que cuando estaba vivo, pensó. Bueno, no todo: no sentía calor ni frío; ni siquiera alguna clase de tibieza. No tenía hambre, ni sueño, ni clase alguna de incomodidad. Ahora tenía una especie de cuerpo, sí, pero suponía que sólo servía para los placeres sensoriales y era incapaz de sentir cualquier clase de sufrimiento.
                La pequeña habitación donde despertó era bastante deprimente; uno pensaría más en que allí vivía un soltero con trabajo mediocre que un habitante del Paraíso. Era en extremo curioso que el lugar estuviese amoblado, ya que, de no existir un cuerpo físico que se canse no era muy racional la presencia de sillas, camas, mesas y un largo etcétera. Ocupando gran parte de la pared que tenía delante, un televisor mostraba una película tridimensional.
                El televisor era más chico que el que tenía en vida. Si sabía hubiese hecho algún trámite para evitar la eutanasia, aunque sea por algunos años, pensó con amargura.
                Bueno, había que mirarle el lado positivo: ahora por lo menos podría mirar televisión todo el día, leer eventualmente, dedicar toda la eternidad al ocio. Después de casi 35 años de trabajo ininterrumpido, definitivamente se lo merecía.
                Como si estuviese conectada a sus pensamientos (lo cual, de hecho, era lo que sucedía) la televisión mostró un panel de control. Deportes de la vida terrenal, Deportes Sephiroth, Cine terrenal, Cine Sephiroth, Porno terrenal 1, Porno terrenal 2, Porno terrenal 3, Porno Sephiroth 1, Porno Sephiroth 2, Porno Seph…
                Se decidió por Porno terrenal 3, quizá para sentir que todavía estaba vivo. Luego de unos milisegundos de carga, el televisor arrojó un mensaje de error en color rojo sangre.
<Error: usted no tiene los Kéters suficientes para ver Masacre Anal V. Por favor, realice una recarga de crédito.>
                Por debajo del mensaje, una pequeña corona verde giraba sobre su eje vertical.
                ¿Kéters? ¿Qué mierda era eso?
                Menú de Sephiroth. Pedidos a domicilio. Usted no tiene los suficientes Kéters. Usted no tiene los suficientes Kéters. Usted no tiene los suficientes Kéters. Otra vez al menú de Sephiroth. Ayuda. Ayuda para nuevos usuarios. ¿Qué son los Kéters?
                Bienvenido, habitante del Paraíso. Esperamos que se encuentre en un estado de felicidad permanente, ahora que está aquí, en la vida eterna de Sephiroth. Cabe la posibilidad de que ya haya querido interactuar con nuestro sistema y que se haya topado con un mensaje de error del tipo “Usted no tiene los suficientes Kéters para desarrollar esta funcionalidad”.
                No se preocupe, no es un error. Aquí nada falla.
                Durante los primeros años de nuestro Nuevo Mundo, nuestro equipo de desarrollo descubrió que una vida eterna puede ser aburrida en extremo, mucho más que una vida finita. Es por eso que, después de intentar aplicar gran cantidad de soluciones, nos decidimos por usar el Kéter: una moneda para alquilar contenidos que puede adquirirse en cualquier unidad de trabajo de Sephiroth.
                Los Kéters le permiten acceder a todas las funcionalidades que hacen de Sephiroth un mundo superior: desde sustancias instantáneas que le provocarán sensación de éxtasis hasta el servicio de las más bellas mujeres del mundo, pasando por placeres más “prosaicos” como libros o películas. Gracias a los Kéters, usted ayuda a que el mundo terrenal siga en pie, haciendo recolección de información para GloCom2 y manteniendo las redes de información que sus descendientes usarán. Sephiroth y La Tierra ahora son una simbiosis. Es agradable informarle que ahora usted está en un mundo donde los placeres y la felicidad son automáticos.
                Recuerde, el sistema de Kéters es para SU beneficio.
                Gracias por usar Sephiroth (paquete promocional)

                ¿Paquete promocional? ¿Acaso existía un paquete mejor que el único que se ofrecía? Sí, seguro los políticos ahora tenían un harem compuesto de decenas de Miss Universo, cocaína y cualquier cosa que quisiesen. El status quo no cambiaba ni muriéndose; el futuro ya llegó.
                Adam tardó un par de días (si es que tiene sentido hablar de días en una vida eterna) en darse cuenta que los precios en kéters eran excesivamente altos. Luego de evaluar la paga que se ofrecía en los Centros de trabajo Sephiroth, se percató de que tardaría casi una semana en comprar una dosis de sucedáneo de alcohol, y casi cuatro días en poder ver Masacre Anal V. Se deslizó flotando hacia la cama y se recostó con un suspiro. Bueno, quizá podría vender la cama y alquilar alguna telenovela mexicana.
                Cosas buenas de Sephiroth: no necesitaba comer ni dormir. Cosas malas de Sephiroth: no necesitaba comer ni dormir. Para poder pagar los vicios que rápidamente se adquirían en el Paraíso, Adam necesitaba trabajar casi 21 horas al día. No se cansaba, sí, pero era hartante. El trabajo que le asignaron fue atender las quejas de los usuarios del servicio móvil de GloCom2 en La Tierra. ¿Saben ustedes cuán frustrante es para un fantasma tener que escuchar quejas de gente que está viva siete octavas partes de un día? Los demás habitantes de Sephiroth (o por lo menos los que Adam llegó a conocer en el Call-Center) no solían quejarse por esto.              
                Beatriz era la única persona con la que hablaba. Era una bella fantasma que ya llevaba casi 20 años en Sephiroth, aunque sus rasgos físicos en realidad no eran destacables: en la vida postrera todos poseían avatares hermosos aunque inútiles, ya que contratar una prostituta virtual requería menos esfuerzo que los riesgosos afanes de la conquista.
                Cuando Adam le preguntó a Beatriz por qué nadie se mostraba disconforme con el sistema de Sephiroth, esta le contestó que no tenía sentido. La mente humana sólo está diseñada para sentirse disconforme en una sola vida; para la siguiente uno ya está tan cansado que le da todo lo mismo.
                Ah, y las drogas instantáneas eran geniales, añadió.

                El cerebro humano es incapaz de abarcar ciertas modalidades de pensamiento o, mejor dicho, extirpar a las que está acostumbrado. Ni siquiera muriendo, descubrió Adam, el ser humano (o el ser humano occidental, por lo menos) es capaz de dejar de pensar el tiempo como una tríada entre pasado, presente y futuro. Habían pasado 4 meses desde su ingreso en Sephiroth, y era más infeliz que cuando vivía en la Tierra. No porque su existencia haya sido un cúmulo de experiencias asombrosas y placenteras, sino porque la Ciencia omnipotente le había dado la ilusión de un mundo mejor, un mundo mejor que ahora descubría era un castillo de naipes. El fin de todo no es la muerte, sino la desesperanza.
                Su mujer y su hijo ni siquiera lo habían llamado una vez desde su deceso. Sí, las llamadas Tierra-Sephiroth eran caras (aunque usaban exactamente la misma red que las llamadas Tierra-Tierra), pero no eran nada que su familia no se pudiese permitir.
                Salió del Centro de trabajo y caminó por las calles pavimentadas de oro de la ciudad. ¿A quién podría interesarle que una calle esté cubierta de oro? Sephiroth era una ciudad hermosa, de edificios enormes, cubiertos de joyas y un cielo de ocasos multicolores y amaneceres deslumbrantes. Sin crimen, sin dolor, sin pobreza.
                Y una mierda.
                Había ahorrado una buena cantidad de kéters (11.5K, para ser exactos), a fuerza de abstenerse de las drogas instantáneas y películas XXX. Tenía planeado un muy buen uso para ellos.
                Al no tener un cuerpo físico, en Sephiroth el suicidio tradicional era algo imposible. Las sobredosis sólo te aturdían más, los ahorcamientos provocaban placer sexual, los saltos desde edificios sólo vértigo. Pero había una manera, más limpia quizá que en la Tierra.
                Menú de Sephiroth. Comandos. Borrar todos los datos del usuario.
                Suicidio después de la muerte, como un Lázaro postmoderno. Ya no le importaba pasar a ser parte de la nada, el vacío. Quería escapar de la Humanidad, aunque tuviese que pagar el precio de una no-existencia.
                Escapar. Una isla, un planeta hecho solo de soledad, de negrura.
<Disculpe, la operación no puede ser realizada. Cantidad de kéters requeridos para borrar todos los datos del usuario: 50.000.000>

                Sirva a la humanidad: Viva eternamente.


sábado, 7 de junio de 2014

La palabra dorada

                Cada solsticio de verano, Dios, el destino o el universo (que suelen ser la misma cosa) designa un elegido para encontrar La Palabra. Dicen los que saben que esta palabra suele estar escrita en un papel ordinario, pero siempre inmaculadamente blanco. Las letras doradas que conforman la palabra son ilegibles para cualquiera que no sea el elegido; el papel se puede hallar en cualquier parte, desde el bolsillo de un hombre común hasta dentro de una máquina de gaseosas.
                La palabra contiene entre sus letras el secreto del universo y el conocimiento de todas las cosas, existentes y no existentes.
                El hombre que descubrirá la palabra es visitado por una aparición espectral, indefinible y vacilante entre ángel y demonio. El rostro del ser está cargado de tanta veracidad que el elegido no suele dudar de lo que le refiere este mensajero: sin embargo, son pocos los que deciden buscar El Papel con La Palabra. El ser les advierte que, luego de conocerla, es posible que nunca más vuelvan a ser los mismos. Pocas cosas más aterradoras que el cambio: Kafka, Bram Stoker, Robert Stevenson y tantos otros lo supieron plasmar de sobra.
                A mediados de diciembre de 1998 el fantasma se le apareció a Edgar Creed, un emigrante irlandés que vivía en una mugrienta pensión de Flores y trabajaba de peón de flete. Ya cumplidos los pactos tácitos y advertencias de rigor, el ser mensajero se fue y dejó al colorado Edgar sumido en la confusa resolución de saber el secreto del universo. Siguiendo las instrucciones del ángel-demonio encontró un pequeño papel arrugado dentro de los senos de una vieja prostituta que residía y trabajaba en el barrio de Villa Crespo. Algunos viejos conocidos declararon imperturbables que el conocimiento universal tan sólo era una excusa para frecuentar el tugurio de mala muerte donde trabajaba la puta.
                Con un frenesí similar a la gula desdobló la pequeña hoja, listo para recibir dentro de sí toda la significación de la vida. Ya casi podía sentir como su mente se desplegaba y absorbía cada pequeña parte del universo.
                En letras doradas, el papel tenía escrita la palabra “NADA”.
                Edgar Creed abandonó el prostíbulo, dejando atrás El Papel, un tendal de risas histéricas y los gritos de la Ethel, prostituta impaga. Nunca más volvió a la pensión, y sus compañeros de trabajo no dudaron en pensar que seguro se había ido con alguna dama de esas cuyo amor eterno sólo dura un verano.
                Sin embargo, los que saben suelen no conocer una pequeña pero no menos vital parte de la leyenda de La Palabra. Yo tampoco la sabía, pero el mismo viejo que me contó la historia de Edgar Creed me refirió el resto del mito.
                Así como está El Papel con La Palabra, existe otro prácticamente igual, pero con un contenido distinto. El Diablo, el destino o la conciencia del que anhela conocer los secretos del universo aún no siendo elegido (que suelen ser la misma cosa) a veces suplanta la identidad del Ser Mensajero, e ilusiona a algún miserable con la posibilidad del conocimiento absoluto. Siguiendo los mismos procedimientos, el engañado finalmente descubre un papel con otra Palabra, cuyo significado es indefectiblemente falso y lleva a su lector a la locura y la desesperanza.

                Lamentablemente soy simplemente un narrador, no un elegido, y no sé si El Papel que halló Edgar Creed fue el verdadero o  el falso.

miércoles, 9 de abril de 2014

El Pastor y la Luna.

Endimión
Endimión
Que buscando a Diana viajas
Por toda Grecia y Arcadia

Vuelve sobre tus pasos insensatos
Que en el amor solo hay recato
Y el más amoroso tesoro
No es sino en el cofre del decoro.

Una noche le aconteció
Que se enamoró de la Luna
Hechizado por su mirada
No tuvo elección ninguna

¿Qué mano talló su rostro
A la vez luna y mujer?
¿Qué boca tras esa mano
Cantó su gloria y placer?

Endimión la perseguía
Por tierra y por firmamento
Diana se le escabulló
En nocturno elevamiento.

Al no poder alcanzarla
Vomitó umbrío juramento
“Sí mía no ha de ser ella
Cierto es que moriré

Más si logro conocerla
En eterna gloria yaceré
Usurpando el trono de Apolo
Quizá en el sol me convierta”

Endimión corrió hacia el horizonte
Buscando tomarla en su bajada
“Te he encontrado, eres mía”
Le reclamó por fin a su amada.

El pastor y la lumbrera                
Jugaron amorosos deportes
Y ya bajo la luz de Apolo
(¡Extasiados!)
Diana contempló a su consorte.

Endimión le devolvió la mirada
Ya manso el caudal de su hombría
La percibió vil, como afeada
Y con horror maldijo su vida.

“Si la belleza es virtud
Pareces más que viciosa
Tu así, despojada de tu luz
No mereces llamarte Diosa”.

Y así huyó el amante de la luna:

Aprendiendo que no hay ni ha de haber
Que el no correspondido más grande amor
Ni jamás habrá mayor fortuna
Que un eterno y anhelante ardor.

La Luna, ya despechada
Le ofreció su rostro a la Nada
Para que nadie más observe
Su triste y humana cara.
Desde entonces ya ningún mortal conoce
El rostro oscuro de Diana.

lunes, 17 de febrero de 2014

Pesadilla del corredor

                Despierta al sueño escuchando un grito en la lejanía, cargado de horror y sufrimiento universal. Se levanta, alarmado, con la piel erizada por el frío que domina la habitación, el aire, su cuerpo.
                Abre la persiana vieja con cierta dificultad pero de manera constante; lo mismo con el ventanal. Sale al balcón y queda sin aliento cuando ve  la ciudad (su ciudad) encapotada por un crepúsculo tenebroso, por una pseudonoche regida por un sol que agoniza más allá de su posición en el horizonte; un sol viejo, moribundo, como  la tierra que baña débilmente.
                Mira los edificios, ajados, cubiertos por herrumbe y musgo malsano, centenario, infernal. Las veredas destruidas por pies de gigante, las plantas rodeadas de un hálito de muerte y putrefacción inevitable, profetizada.
                En la desesperación del panorama, baja corriendo las infinitas escaleras que separan a su casa del primer piso con la callecita que corre transversal a su portal. Desde el nivel del mar no puede ver los tejados hundidos, los incendios distantes, los edificios llenos de muertos.
                Corre hasta la avenida sin mirar, llorando en su pesadilla, con el nombre de un navegante de antaño: la calle Colón lo recibe con su cemento abierto, como una gigantesca boca dispuesto a devorarlo o a besarlo, lo que suceda antes. Llega y dobla sin dejar de correr, hacia el mar: a muchas cuadras delante de él se yergue, majestuosa, una loma increíble; detrás de ella, el Atlántico.
                Su ciudad se halla convertida en una embajada del infierno. Desde los oscuros portales de las casas, funestas sombras alargan la mano hacia él, que no sabe si piden clemencia o tratan de arrastrarlo. En la primera esquina que cruza, un grupo de demonios necrófagos sorbe lentamente la sangre de un cadáver, desparramado en el suelo como un maniquí, como un muñeco de pruebas. El muerto lo mira con ojos de gelatina, sorprendentemente animados. Él le devuelve la mirada, aún más animada por el terror que portan. El muerto lo saluda con una voz gutural (apenas puede emitir sonido: uno de los ghouls está masticando su garganta) en un idioma desconocido, arcaico.
                Corre, corre sin mirar atrás. Nefastas escenas dantescas se repiten sin cesar en las calles donde pasó su infancia: pasa corriendo y rodea un grupo de cadáveres semidescuartizados en una orgía descomunal que lo lleva al borde de la locura. Corre, corre sin mirar atrás.
                Pasa por la plaza donde pasó la mejor época de su vida, entre pitadas de marihuana y botellas de cerveza barata: a doscientos metros está su escuela secundaria. Para por un momento, hechizado por la nueva apariencia del espacio público: los árboles, antes lozanos, ahora están retorcidos, se mueven con contorsiones lujuriosas, animadas, llenas de maldad. Las flores exhalan un vaho pestilente, aroma a muerte y eyaculaciones mefistotélicas: sus colores van desde el más enfermizo pálido hasta el más presagioso negro azabache.
                Recobra poco a poco el aliento: había corrido durante más de dos horas sin detenerse, sólo impulsado por el más puro terror y las fuerzas irreales que le había dado su pesadilla. Ahora ya inmóvil en el medio de la calle, sin atreverse a sentarse ni de adentrarse en la plaza maldita, puede escuchar un ligero cántico que proviene de su escuela: identifica las voces de sus amigos, mezclada con otros cientos. Todos juntos hacen un coro de adoración a quien sabe que dios pagano, que demonio blasfemo procedente de otro universo: los adivina muertos, entregados sus cuerpos como sacrificio al objeto de su adoración.
                Sigue corriendo; ahora cierra los ojos y se tapa los oídos, pero eso no le alcanza para no ver y no escuchar. A los costados de la avenida, formas oscuras entre cabra y humano despedazan vientres de mujeres encintas, meten sus hocicos impíos adentro para sacarlos llenos de sangre y carne fresca, temblorosa. Desde adentro de las casas enormes y cuadradas vienen los gritos de las violaciones brutales, de los aquelarres presididos por los mismos demonios que afuera terminan el ciclo de su enloquecida labor.
                Llega al centro de la ciudad: no queda vidrio sano, no queda pared limpia, no queda piso sin sangre ni metro cuadrado sin cadáver degollado. Escucha un leve rumor y va hacia él, resignado, sabiendo que es la peor pesadilla que vivió en su vida, la más real; en el fondo, teme más a la ligera posibilidad de que esto no sea realmente una pesadilla que a los seres enfermizos que habitan en ella.
                Ya no corre, camina por la metrópoli convertida en Pandemonium. El cántico rítmico, casi tribal llena cada centímetro del lugar: ¿latín era? ¿Griego? ¿Alguna lengua conocida? Una babélica mezcla baila entre los versos recitados por la muchedumbre especulada por el corredor.
                Llega hasta la Catedral principal de la ciudad, ahora con las cruces invertidas y las paredes repintadas con motivos blasfemos, con vírgenes violadas y corderos caricaturizados. Una plataforma enorme domina la entrada: una cabra humanoide la domina, clavando cuchillos en los cuellos blanquecinos de los condenados. Abajo, una multitud festeja y recita el himno negro que resuena en sus oídos desde que salió de su casa.
                La vívidez de todo lo que pasa lo asusta hasta el paroxismo: siente el olor a sangre y esperma, el calor seco en sus labios, el ruido a llanto y el gusto a sal de las lágrimas. Desde la muchedumbre nadie lo observa, nadie lo persigue: el ritual sigue su curso mientras él y los no-muertos lo miran.
                Tiene miedo de no despertar.

                Y despierta.
                Un rayo de luz baña su rostro desde su habitación, en su casa de primer piso. El ruido insistente y  agudo del despertador sigue su rutina incansable hasta que lo apaga de un manotazo.
                Entre la confusión de las sábanas recuerda su sueño, ya sin miedo y con una ligera sensación de felicidad, si eso era posible.

                Porque la pesadilla no era pesadilla, era sólo un sueño. Porque el sueño no era sólo un sueño, era un sueño profético. Y él no era sólo un humano, sino que era el Anticristo.