jueves, 11 de junio de 2015

La misma playa

            "El suicidio, amigo Diego, es el último y único bastión del libre albedrío. Es la rebelión máxima, el escape infinito, el salivazo más grande en el rostro de lo que la sociedad espera de nosotros. ¿Qué cobardía, qué patetismo hay no en escapar sino en destruir completamente una lucha inganable?" Todavía recuerdo textualmente lo que me decía: Martín Bonavena estaba radiante esa noche, mirando las luces de la ciudad desde la escollera donde estábamos sentados, fumando cigarrillos baratos. Hacía frío y el viento nos picoteaba la piel como si fuese un cuervo y (no se diga que mis metáforas carecen de ironía) nosotros fuésemos cadáveres. Continuó su discurso con el pelo crecido tapándole salvajemente el rostro.
            "No hay vergüenza en lo que quisimos hacer. Vergüenza debería de tener el mundo, que nos puso una pistola en la boca y el índice en el gatillo. Vergüenza tendrían que tener los políticos, los tratantes, los asesinos, los violadores, los curas. ¿Vergüenza nosotros, por disponer libremente de nuestra muerte? Vergüenza, vergüenza, la vergüenza mueve al mundo como un resorte vencido. Nadie hace lo que quiere por miedo a la opinión ajena: la maldición de habernos elevado por sobre nuestros compañeros animales y volvernos seres pensantes.
            Y cuando estamos en ese patético círculo de sillas, lleno de gente patética como nosotros expresando sus patéticas historias de patéticos intentos, ahí sí tengo ganas de morirme. Me afecta mucho más no haber tenido los huevos para matarme bien que haberlo deseado en algún momento... Saber que ni siquiera puedo triunfar hasta en el fracaso último..."
            Dio una pitada profundísima al cigarro y lo arrojó. Las aguas bailaban debajo, negras, con ocasionales destellos prestados por la cabellera de neón de la ciudad. Era una visión magnífica y terrible: un hombre muerto en vida, parado en una pose como de conquistador antiguo, con la luz selénica y la artificial peleando en su cara, como si fuese una metáfora (o mejor: la encarnación) de la posmodernidad. Martín Bonavena podría haber sido un gran hombre.
            "Cuando era pendejo me gustaba mucho escribir sobre matarme. Largas cartas suicidas, como si fuesen de práctica porque sabía que todavía había un montón de cosas que quería hacer. Cuentos larguísimos sobre japoneses que se sacaban las tripas y pintores que hacían cuadros con su propia sangre. Novelas donde todos se morían al final, como en la Biblia. Cuando uno es joven es común coquetear con la muerte; solamente cuando uno crece empieza a quejarse del colesterol o de la rodilla que se quebró cuando saltó de un primer piso y ahora duele como la mierda cada vez que va a llover.
            A mi ese coqueteo nunca se me pasó: más bien empeoró. No puedo pasar ni medio día sin pensar en morir."
            Empezó a sacarse la camisa, lenta, metódicamente. La arrojó al lado mío y siguió por el cinto, los zapatos, los pantalones. Miró el mar, al lado nuestro, tan misterioso hoy como lo era para los primeros hombres que pisaron esta tierra.
            Se tiró de cabeza y el mar lo tragó casi sin ruido, como si Martín fuese también de agua. Sonreí, mientras empezaba a sacarme la camisa yo también.
            Iba a ser una larga noche de casi morir.

            Habíamonos conocido en una reunión de suicidas anónimos, grupo que abandonamos a las pocas semanas de comenzar a charlar entre nosotros. Naturalmente, nuestros compañeros eran gente perturbada, que realmente necesitaba alguna clase de ayuda; muchos habían pasado por iglesias, psicólogos y parapsicólogos alternativamente, pero ninguno había logrado un avance significativo. Justamente por eso estaban en la ronda de los que querían matarse.
            Pero Martín Bonavena era distinto. No tenía ni el sufrimiento ni la locura pintados en la cara: cuando uno lo miraba solamente podía encontrar un pozo de cordura, de una cordura tan profunda que uno podía ahogarse en ella. Cordura y un aburrimiento mortal ante los llantos y los moqueos de los buenos hombres y mujeres que integraban nuestro deprimente grupo.
            En un principio, pensé que nos despreciaba. Esto era parcialmente verdad, porque Martín Bonavena despreciaba a todo y a todos. Un suicida no es sino alguien que desprecia la totalidad de las cosas, incluyendo su propia vida.
            Pero lo cierto es que Martín estaba aburrido, igual que yo. Nuestros compañeros de grupo exhibían un abanico gris de excusas para lo que habían intentado: violaciones, orfandad, deudas y un largo etcétera que os podéis imaginar. Cuando, eventualmente, me tocaba el turno de hablar y desahogarme, lo único que podía hacer era negar con la cabeza y ceder el lugar a alguien más atormentado que yo.
            Me daba vergüenza decir que, simplemente, estaba cansado. Llevaba el peso del mundo sobre los hombros, llevaba cada grito y cada miseria humana en el corazón. Es difícil llegar hasta ese estado de empatía, y describir los procesos que llevan hacia él no solo es complicado sino también inverosímil e improductivo. No es mi intención victimizarme ni asumir el rol de mejor-persona-sobre-la-tierra, así que dejémoslo simplemente en que el mundo me parecía un asco, igual que vivir en él. Si queréis podéis suponer que era un capricho de adolescente depresivo que duró hasta los treinta-y-tantos. Realmente no importa.
            La situación de Martín era similar a la mía pero ligeramente más aguda: a los problemas existenciales y a la profunda empatía (la cual nos llevaba irónicamente a una postura que parecía desprecio por la vida humana) había que sumarle una intensa consciencia del fracaso profesional. Bonavena llevaba treintaicinco años ininterrumpidos de libros abortados y publicaciones desastrosas. Negaba brutalmente que esto lo afectase, pero con el correr de las semanas pude verlo a través de él. Llegó un punto en el que parecía gritarlo en cada palabra.
            Y, además de todo eso, era escritor. Los únicos escritores que no quieren suicidarse son los exitosos, y, a veces, estos también.
            Ahora, años después de conocerlo, tiendo a creer que era demasiado bueno para nuestra época. Que, de haber nacido en otro tiempo, hubiese alcanzado la fama y la paz espiritual que tanto quería, a pesar de que siempre me recalcó que, para ser artista, todos los momentos de la historia fueron contraproducentes. Él estaba completamente seguro que nacer en la edad media o en el futuro era exactamente lo mismo.
            Su frase favorita era "Para mí, vivir es arte y morir, ganancia". Tengo la certeza de que la había robado de algún lado, pero nunca quiso admitir de donde.
            Su libro favorito era El sobrino del mago. Le gustaba andar en bicicleta de noche, los cementerios, la música country, fumar y emborracharse. 

            Luego de abandonar el grupo de ayuda seguimos viéndonos: habíamos desarrollado una amistad precoz pero aparentemente verdadera. No quiero aburriros con los detalles de nuestro tiempo juntos: cenábamos, mirábamos partidos de futbol, íbamos al casino, nos sentábamos en la escollera a fumar y a tomar vino barato. Alargarme en la descripción de nuestros encuentros comunes solamente desviaría el foco de atención de lo que realmente importa, que fueron las semanas que vinieron.
            Admitimos que, ya sea por tabúes o por un retorcido instinto de conservación, los humanos encontramos barreras enormes a la hora de matarnos. Nadie efectúa una decisión tan trascendente al primer impulso de concretarla, y algunos puede vivir con el secreto deseo del suicidio durante toda su vida, hasta caer en las garras de la muerte por causas totalmente naturales.
            Como sea, nosotros, a pesar de nuestros intentos (yo había tratado de ahorcarme, él se había cortado las venas. Quienes no crean en el azar pueden ver la extraña y caprichosa mano del destino en el hecho de que a ambos nos habían salvado los porteros de nuestros respectivos departamentos), todavía teníamos esa gran inquietud, esa barrera invisible que no nos dejaba finiquitar nuestro paso por la tierra. Asimismo, cada día de vida era una agonía: caminábamos por el filo de la navaja, como quien dice. Seguir viviendo era un trámite innecesario y casi torturante; matarnos nos aterrorizaba secretamente. Uno puede ansiar terriblemente la muerte, pero hay que ser terriblemente estúpido o terriblemente inteligente para caminar hacia ella sin tener miedo.
            Todas las ideas brillantes provenían de él y esta no fue la excepción. "No podemos matarnos" me dijo "pero tampoco podemos vivir en esta estado de hastío perpetuo. Hay que hacer algo que nos haga sentir vivos".
            Tuve cierto temor cuando escuché lo que dijo, pero no tardó mucho en sacar dos bicicletas del garaje. Me señaló una y comenzamos a andar.
            Por capricho de la geografía, la ciudad de Mar del Plata posee una loma enorme casi llegando a la costa. No sabría deciros cuan alta es en su punto máximo, pero la cuesta abarca una buena cantidad de cuadras, digamos ocho o nueve, tan empinadas que son imposibles de subir si no es en auto o a pie. Luego de llegar a su cumbre, la loma baja con la misma pendiente terrible hasta chocar con un acantilado, el cual, mediante una serie de escaleras y rampas, conduce a una playa bastante popular.
            Martín vivía no muy lejos de esa loma, y hacia allí nos dirigimos. No era demasiado complicado adivinar qué se proponía.
            Llegamos a la cumbre de la loma de Colón y le dimos la espalda a la costa: delante nuestro se abria una bajada ominosa, casi digna de un parque de diversiones. Giré la cabeza y le dediqué una sonrisa cómplice, con cierto aire de superioridad, como diciendo "sí, ya sabía qué estabas planeando".
            Pero no, no sabía. Sacó una tenaza del bolsillo y procedió a cortar metódicamente los frenos de su bicicleta. Cuando terminó, hizo lo mismo con los míos. Fue su turno de sonreír.
            Sin decir nada, comenzó a pedalear hacia el abismo de cemento que se nos ofrecía delante.
            Para quien se ha querido ahorcar y sintió una soga apretándole el cuello, tirarse por una loma sin frenos debería ser, valga la redundancia, un paseo en bicicleta. Pero sorprendentemente sentí miedo, un miedo inexplicable atenazándome cada uno de los miembros: el viento me pegaba en la nuca, advirtiéndome que estaba en el punto más alto de mi ciudad, y a pocos segundos de abandonarlo. Allá abajo, Martín pedaleaba con furia y su descenso se hacía cada vez más frenético.
            Lo seguí. Lo hubiese seguido hasta el fin del mundo gracias a esa inexplicable simpatía que sentimos los condenados entre nosotros, pero por esa noche bastó seguirlo mediante una bajada diabólica hasta la calle Lamadrid. Era de noche y nos cruzamos poquísimos autos en los segundos que duró el descenso. Nos insultaron y nos tocaron bocina, no sé si enojados o preocupados por nosotros. Sea como fuese, no podía reprocharles nada.
            A mitad de camino apreté instintivamente los frenos hasta que me dolieron los nudillos. Ahí, mientras cabalgaba un caballo de aluminio que galopaba a una velocidad pasmosa, probablemente hasta terminar empotrado en la carrocería de un auto, ya no era un suicida sino un hombre aterrado, un hombre que quería vivir. Apreté los frenos hasta que me dolieron los nudillos, hasta que me dolió la muñeca, hasta que escuché el crac de las piezas de plástico. Hasta que la bicicleta llegó adonde la cuesta finalmente se suavizaba y un obstáculo invisible cortó la gloriosa estampida.
            Me volví uno con mi bicicleta. Rodamos en una orgía de carne, metal y plástico.
            Me desperté, aparentemente, un par de minutos después, con la difusa consciencia de una pasta caliente que me chorreaba por la cara: la toqué sin entender. Me miré la mano, empapada en mi propia sangre, roja como una bandera soviética. Creo que grité un poco, hasta que Martín apareció adelante mío, con un brazo colgando inútil en su costado derecho y la nariz vomitando bilis colorada. Me sonrió como si fuese un nene, y creo que yo también le sonreí.

            Nos hicimos adictos a la inmortalidad. Soft-Ruleta Rusa, Seis Nudos, cruzar semáforos en rojo en hora pico, varios autodenominados Juegos de la muerte, jogging por los barrios más peligrosos de la ciudad (en una de estas ocasiones recibí un balazo en la pierna derecha), competencias de sobredosis, conducción a velocidades altísimas: probamos todo durante semanas. Nuestro estilo de vida se había vuelto algo tan vil, tan decadente, tan poco recomendable... Pero nos sentíamos vivos, más vivos que nunca. Vivir con un pie adentro de la muerte es lo que hacemos todos todo el tiempo, pero sacarse el velo de los ojos y verlo por uno mismo -ver el precipicio, a centímetros de lo que llamamos seguridad- es una experiencia única. Una vez cocinamos 20 madalenas y a una le pusimos una dosis tres veces letal de veneno: las mezclamos sin marcarla y comimos hasta hartarnos. Fueron las madalenas más sabrosas que comí en toda mi vida.
            Milagrosamente, siempre salíamos vivos de todas estas experiencias. Creo que ni por un momento realmente llegamos a sentirnos invencibles, pero no nos importaba. Hacíamos todo eso porque realmente buscábamos morir, así que cualquier situación era una victoria para nosotros: O la adrenalina, o nuestro propósito. Cada día era un día que le ganábamos al mundo.

            Me arrojé al agua, imitando torpemente el clavado de Martín. El agua estaba tibia: si uno se mantenía abajo no se daba cuenta que estábamos en pleno julio. Ya habíamos hecho esto hacía no mucho. El plan era dirigirnos hacia la playa debajo de la loma, símbolo de nuestra iniciación en el pequeño pero multiforme mundo de la autodestrucción. Si uno mantenía la serenidad, nadar de noche era una experiencia no sólo hermosa sino también sencilla.
            El mar estaba bastante agitado. Braceé cada vez más fuerte, encontrándome prácticamente en el mismo lugar. ¿Era una ilusión provocada por el creciente miedo, o realmente no podía avanzar? Me costaba respirar. Brazos invisibles rodearon mis piernas, tirando de mí para hundirme en las aguas oscuras del mar atlántico.
            Tuve una certeza atroz.
            Iba a morir ahí, estaba seguro. Iba a morir ahí, en el último lugar en el que quería morir. Iba a morir ahí, justo cuando finalmente estaba pensando que quizá podría encontrar algo por lo que vivir. Mañana, pasado o la semana que viene encontrarían un cadáver hinchado y con gustito a sal, y no sería más que un comentario de sobremesa.
            Mi nombre sería "¿Viste ese pobre pibe que encontraron en la playa?" o "Hay que ser pelotudo, eh...". Mi legado sería un triste y solitario titular amarillista.
            Cada vez más plomo en los brazos, menos aire en los pulmones, más pelos en los ojos, más frío, más frío, más frío. Arden las coyunturas y raspa la garganta y el mar traga y traga y las luces de la ciudad son cada vez más opacas.
            Me muero. Me voy a morir ahí, en donde empezó la vida. Martín seguro podría llegar a decir algo poético sobre eso.
            Mi cuerpo es agua y sal. Mi mente, burbujas y espuma.
            No puedo nadar más y toso o vomito agua. Atrás mío, por el este, empieza a subir la débil aurora. El cielo es azul oscuro, hermoso, como nunca lo había visto.
            Y finalmente toco arena y camino sobre ella, escupiendo, agarrándome con las uñas del suelo barroso por miedo a que el agua vuelva a tragarme para no soltarme más. Realmente no, nunca quise morirme.

            Me senté desnudo sobre la arena, con el viento carcomiéndome la piel. Temblaba incontrolablemente, pero estaba vivo. El único ruido de toda la playa era mi mandíbula chocando salvajemente contra sí misma.
            Ya amanecía. Las madalenas del veneno y ese amanecer eran las mejores sensaciones que había tenido en mi vida. 
            Esperé hasta que el día dominase todo el panorama: debían ser las ocho de la mañana. Martín ya debería estar ahí. Seguro yo había tardado mucho en el agua y decidió esperarme en la casa. Siempre guardábamos ropa extra allá.
            Caminé desnudo y a paso rápido por las calles vacías de la ciudad. Siempre hacíamos estas cosas en feriados o domingos, para evitar preguntas incómodas o posibles víctimas colaterales. Eramos imbéciles, sí, pero no tan egoístas.
            Llegué a la casa gritando el nombre de Martín, pero solamente me respondió el eco entre sus muebles, sus fotos, sus libros. No estaba ahí.
            Lloré un poco, pero todavía tenía la cara mojada con agua de mar y no me di cuenta.

            Recompuse mi vida. Tengo un trabajo estable, una casa, vacaciones pagadas en Brasil y una cuenta bancaria repleta que casi no uso. Estudio una segunda carrera por la noche: mantener el tiempo lo más ocupado posible es vital. Cada tanto voy al grupo de Suicidas Anónimos y les cuento mi experiencia, aunque recortada y tergiversada; no sería muy buen ejemplo para una persona que está tratando de rehabilitarse. Veo las caras de los pobres infelices que allí asisten y no puedo evitar sentir una angustia terrible. A veces tengo que ir al baño a llorar un rato, no sé si por ellos o por mí.

            Y cada tanto salgo a la calle cuando todavía es de noche y recorro los lugares que visité junto al mejor amigo que jamás tuve. Leo sus novelas, ahora casi best-sellers gracias a su curiosa muerte. "¡Oh, Martín Bonavena era un genio, su prosa impecable, como expresa sus sentimientos esta exquisita alma torturada!" dicen los críticos obedeciendo a su naturaleza, llegando, como los buitres, después de los cadáveres. No les guardo rencor. Conozco el gusto de la muerte y este es exquisito.   
            A fin de cuentas, el mundo se divide entre cadáveres y buitres. No hay nada más.
            Cada tanto me saco la ropa y nado, nado hasta ver el amanecer. Nado hasta acalambrarme y hasta olvidarme que estoy vivo. Hasta ser uno con el mar, el infinito mar, el mar creador. El mar que se abre como una boca inmensa, omnipotente, negra.

            Pero nunca tengo suerte, y siempre termino llegando a la misma playa.