miércoles, 25 de abril de 2012

Todo

Era. Simplemente era. Incontables eones desde su principio, y un final que quizá nunca llegaría. Quizá sin comienzo, quizá sin forma, se aburre en su eternidad, en su existencia negra e imperturbable. Decidió jugar consigo mismo. Toma una historia que él mismo crea, y juega, siendo una parte infinitesimal de ella. Fue uno de dos. Es el segundo de los dos. Se ama. Se desobedece. Se destierra. Es cada descendiente de los dos. Se asesina a sí mismo. Se conoce. Se volvió a amar, cientos de millones de veces. Se mata a sí mismo por amor. Se robó. Es el amo, el capataz, el esclavo. Se gobierna, se vuelve a robar. Camina entre sus filas. Vive cada vida como si fuese propia. 90 años para Él no son nada, y vive, una tras otra, siempre olvidándose que vivió la anterior, pero teniendo ese presentimiento. Se crea a sí mismo la ilusión de ser un ente individual, una parte menor en el todo que le tocó. Se divirtió viviendo cada una de las miserias que el mismo se creó. Hace sufrir a otros, sin saber (o sabiendo, acaso) que en otro momento de su no-tiempo se va a odiar. Se discrimina. No sabe (¿o si sabe?) que Él mismo se diseñó así, mediante métodos inentendibles para Él.
Lee su historia, y opta por no creerla. En cada pequeño momento se negó a creer que solamente Él es, que solamente Él existe, solo en la nada que contiene a su mente infinita. Desde su punto de vista, solamente es un puntito en la infinidad de seres a los que les dio el nombre de hombres. Pero también juega a ser roca, a ser árbol, a ser gacela, león, cemento, sol. Es todo, para poder entretenerse eternamente. Se adora incontables veces. De maneras enfermizas en ocasiones, de maneras bondadosas otras. Se negó, y se volvió a aceptar. Incapaz de darse cuenta, siempre pensó ser un ente individual, sin saber que la persona que lo amaba, la otra que lo cagaba y el de más allá que no lo conocía, era Él mismo. Y así sigue, por la inconmensurable eternidad. Siempre tomando forma nueva. Una vez escritor, una vez lector de su propia historia, que obviamente no cree. ¿Quién podría estar tan loco como para aceptar haber vivido tantos millones de vidas, y ser El ser?

lunes, 23 de abril de 2012

Necroexitismo

Una máquina de escribir y una pila de papeles mecanografiados dominaban el escritorio a través el cual Torres miraba a su invitado. Un cigarro colgaba trémulo, sin vida de los labios de Torres, pero el no parecía darse cuenta.
-Ya te pregunté como mil veces por qué no tirás el trasto ese, ¿no?
-Ya te dije que no, Vertiz. La máquina de escribir tiene su magia, así como la lapicera y el papel.- Respondió dando la última pitada.- Los procesadores de texto nunca van a superarlos, así como los videojuegos nunca van a superar a los deportes. La máquina de escribir tiene un toque mágico que alienta mucho al escritor.
-Sí, pero es mucho más eficiente usar una computadora… tenés que modernizarte, Torres. Si seguís así de retrógrada te va a costar progresar.
-Me está costando muchísimo más de lo que pensaba cuando era joven. Ya tengo escritas toneladas de libros y cuentos, y mirá, siguen ahí.- Dijo con voz cansina, haciendo un gesto con la cabeza hacia la pila de hojas.- Ninguno consigue el éxito que quiero. Más de uno tuve éxito en el ambiente literario, pero me lo paso por los huevos, lo que yo quiero es llegar al público, ser un Stephen King, un Tolkien, un Asimov. Para empeorar las cosas, tengo bloqueo de escritor hace como un año y medio, todo lo que escribo es pura mierda. Empiezo a pensar que no tengo absolutamente ningún futuro en esto.
-Yo te había avisado… Tendrías que haber sido más precavido y haber hecho una carrera más… más… útil, digamos.- Le increpó Vertiz.
-¿Estás diciendo que letras no sirve?- Respondió Torres casi gritando
-No, no, me malintrerpretás.- Se apresuró a aclarar Vertiz al ver el grado de enojo al cual había llegado Torres en milésimas de segundo.- Lo que digo es que no es necesario seguir letras para ser escritor. Podrías haberte especializado en otra cosa y escribir igual.
-Sí, pero todo sirve. Igual tenés razón, al final, lo único que vale es el talento, pero sencillamente yo tengo mala suerte. ¿Sabías que me iban a publicar una antología y un mes antes la editorial quebró?
-Muy buena no debería ser.- Respondió Vertiz con una risita.- Igual, hablando en serio, que mala leche.
-Y que lo digas. Pero lo bueno es que sé exactamente que es lo que necesito para que mis libros se lean, y para triunfar en cualquier campo artístico.
-Si se puede aplicar a cualquier mortal, contame ya mismo.
-Es fácil y está al alcance de todos. Es muuuuuy simple.- Dijo Torres arrastrando la u.- Tengo que morirme, y lo más pronto posible.
-¿Queeee?- Preguntó Vertiz, incrédulo.
-Lo que escuchaste, es muy obvio. Hasta inventé un término que nombra al fenómeno social del cual me quiero aprovechar: necroexitismo.
-El nombre me da a entender bastante, pero explícame.- Inquirió Vertiz un poco confundido.
-Es algo simplísimo. Fijate que, cada vez que un artista (casi siempre músicos, que son los que gozan de más fama) muere, las ventas de sus obras suben muchísimo. Te puedo dar varios ejemplos; Michael Jackson, Spinetta, Pappo, Sábato. Todos murieron y resulta que tres cuartos del planeta eran fans de ellos. Las ventas de cd´s y libros aumentaron en un 230% en promedio, ya revisé.- Al ver el gesto de incredulidad de Vertiz cuando escuchó la exagerada cifra, Torres le aclaró:- Googlealo si no me creés. En todo el mundo, pero por sobre todo en este país, basta morir para convertirte en la mejor persona y artista que pisó alguna vez la faz de la tierra.
-Quiero creer que no lo decís en serio. ¿Morirte por un poco de fama, que ni siquiera sabés si la vas a tener o no?
-Estoy más que dispuesto. Este bloqueo ya no tiene retorno. No sé que carajo me pasó, pero no creo volver a escribir nada medianamente bueno nunca más. Y mi vida es mi arte; sin el no vale la pena nada. Voy a dejar mis obras completas y pegarme un tiro, teniendo fe en que mi nombre quede para la posteridad.
-Es una boludez lo que estás diciendo, Torres.- Repuso Vertiz, seriamente preocupado.
-No te creas. Ya cumplí la meta de mi vida. ¿Qué más puedo esperar de esto, laburar en una verdulería o jubilarme? No, gracias. No tengo más nada que ofrecerle a la sociedad. Ya está decidido, Vertiz.- A la vez que decía el nombre de su amigo, Torres sacaba un arcaico revólver del cajón de su escritorio.
-¡Guarda eso, por favor!.- Le gritó Vertiz poniéndose lívido: su padre había perdido la vida en un accidente con un arma.- No seas pelotudo y pensá, todavía podés escribir algo mejor.
-No, Vertiz, conozco mi capacidad, y ya llegué al límite. Ya está más que decidido.
-Sigo creyendo que es una broma de mal gusto esto, pero suponiendo que sea verdad, ¿Para qué me llamaste y me explicaste todo esto? Tu plan sería un poco menos ridículo si no supiese nadie.
-Ah, eso. Porque en el arte hay que innovar continuamente para triunfar, amigo mío. Suicidios en el mundo del arte hay a montones, pero un artista que cometa asesinato y suicidio, eso sí que es nuevo.- Y Torres le dedicó una sonrisa torva mientras levantaba el revólver.

sábado, 21 de abril de 2012

ICReductor

El general Price atravesó la primera caseta de seguridad con su auto, tras la revisación de su pase militar por un anodino alférez. Manejó a 10 kilómetros por hora –Máximo permitido dentro del complejo de investigación armamentista de los EEUU.- hasta la plaza de estacionamiento.
Bajó del coche, activó la alarma y el auto lo saludó con un “cuek-cuek” afectuoso. Caminó escasos metros hasta el complejo propiamente dicho, y atravesando más controles entró al interior, acompañado de un cabo.
El ARB (Arms Research Bureau en su idioma original) era un gigantesco predio con mitad de población científica y mitad militar. En su interior había el triple de laboratorios que de puestos de control, torres y nichos de ametralladoras, pero la presencia militar era fuertísima. En los 35 años desde su creación, solamente habían entrado dos civiles al complejo, y ambos habían sido presidentes de la nación al momento de ingresar.
Price, siempre guiado por el marcial cabo, pasó por el pasillo central, en el cual las ventanas daban visión de distintos laboratorios (aunque ni una décima parte del total). Pasaron por un laboratorio de química donde unos ceñudos jóvenes valoraban una solución. Inmediatamente al lado, un laboratorio prácticamente igual, pero vacío. Price estuvo a punto de preguntarle al cabo a que se debía esto, pero al ver que las probabilidades de que el cabo lo sepa, y, que aun sabiéndolo se lo comunicase eran prácticamente nulas, desistió.
Pasaron por las puertas de varios laboratorios más, la mayoría llenos de actividad. A los cinco minutos de haber dejado la puerta, el cabo se detuvo y con un quedo “Esta es, señor” le indicó la puerta de un laboratorio.
Price observó desde afuera la sala, y no vio nada que le llame la atención, excepto que las ventanas para observar estaban polarizadas. El cabo le preguntó respetuosamente y con la menos cantidad de palabras posibles si necesitaba su presencia en la puerta, y Price le respondió que podía encontrar la salida solo cuando terminase. El cabo se cuadró, saludó y se fue.
El general bajó el picaporte y lo encontró cerrado, pero desde adentro del laboratorio le llegó un apurado “ahí voy”. Esperó unos segundos con los brazos cruzados, hasta que se abrió la pesada puerta de metal y un rostro desalineado surgió desde adentro del laboratorio.
-Pase, pase.- Dijo el científico, acomodándose el blanco guardapolvo. Guió a Price hasta el centro del laboratorio y le tendió la mano.- Soy el doctor Thomas Gordon, un gusto.
-El gusto es mío dr. Gordon. Soy el general John Price.- Le apretó la mano; el científico tenía un apretón demasiado débil para su gusto.- Supongo que sabe por que estoy aquí, ¿No es así?
-Claro que sí.
-A mis rangos superiores les pareció muy rara su comunicación, sobre todo por su…- Price hizo una pausa.- Falta de detalles, se podría decir.
-Fue totalmente a propósito y por seguridad. Espero que comprenda, desde este mismo instante, que el arma que he creado aquí es la más poderosa en la historia de la humanidad. Su potencial supera por mucho el de las bombas atómicas, por ejemplo.
-Lo que dice es prácticamente imposible, pero cuenta con el apoyo del ejército desde que ayudó con el tema de la granada aturdidora.
-Ah, sí, hicimos un buen trabajo con eso. Pedí que venga personalmente alguien de confianza, por que sería demasiado inseguro enviarle los detalles al estado mayor por cualquier medio.- La cara de Gordon se iluminó con una fanática admiración.- Le repito: este arma es superior a todas las jamás creadas.
-Entiendo Gordon, que usted lo cree así.- Repuso Price con un gesto de impaciencia.- Ya vine, digame en que consiste esta arma, y sus aplicaciones prácticas, sobre todo.
-Bueno, el ICReductor, como yo lo llam…
-Trate de explicar todo y ahórrese el palabrerío científico, por favor.- Interrumpió Price.
-Trate de no interrumpirme, si puede.- Si las miradas pudiesen matar, el general estaría exánime en el suelo.- Como le decía, el ICReductor es, básicamente un arma que proyecta cierta mezcla controlada de fotones y protones microscópicos y neutraliza las cargas cerebrales responsables del funcionamiento de las sinapsis.- Al ver que Price no había entendido, Gordon aclaró:- Es decir, disminuye el coeficiente intelectual. De ahí su nombre, Intellectual Coeficient Reductor.
-¿Me está diciendo que puede reducir el coeficiente intelectual de una persona?
-Exactamente.- Respondió Gordon con una sonrisa. Caminó hasta una caja de vidrio con un panel numérico, tecleó la clave y del interior extrajo una pistola con tres tubos verde-violetas arriba y a los costados de la corredera. Gordon se acercó a Price y le mostró el ICReductor con indisimulable orgullo.- Acá lo tiene general, mi bebé.
-Pero no entiendo.- Dijo quedamente Price, mirando la rara pistola.- ¿No sería mejor inventar algo para aumentar la inteligencia, en vez de disminuirla?
-Se nota que no es científico, general.- Repuso Gordon con una nota de desprecio en la voz.- Cuando se trata del cerebro, es infinitamente más fácil destruir que crear. Creo que usted no entiende el logro inmenso que es esta arma.
-¿Pero no se podría lograr lo mismo con una lobotomía?-Preguntó Price, con un poco de resentimiento por el desprecio.
-¿Puede acaso lobotomizar a todo un país? Esta arma es solo un modelo, pero se puede agrandar y convertir en una onda de 2 km de diámetro. Podemos construir diez de esos y montarlos en diez aviones y volver retrasada a la población de todo un país.
-¿Retrasada?
-Sí, deficiente mental.- Respondió Gordon dejando el ICReductor sobre la mesa más próxima.- Este arma disminuye el CI hasta un límite de 30 puntos, que es el que posee una persona muy deficiente. Fíjese que el promedio es de 80 a 90 puntos. Podríamos convertir al resto del mundo en deficientes y hasta convertirlos en esclavos.
-¿Usted trabaja solo en esto?
-Sí, no podía confiar en un ayudante, y una vez que desarrollé la parte teórica, fabricarla no fue muy difícil.
-Entonces, ¿es el único que sabe como duplicar esto?- Inquirió Price, imperturbable.
-Así es, pero no crea que el invento corre peligro. Aquí, en el ARC, estoy del todo seguro, y como precaución deje tres manuscritos guardados por tres estudios de abogados, con instrucciones de que si a mí me pasa algo (como asesinato o secuestro), se mande una copia al presidente, una al estado mayor del ejército y otra a la cámara de diputados.- Hizo una pausa para acomodar un instrumental.- Como verá, general, estoy decidido a que mi nombre quede para la historia.
-Tengo que insistir: ¿Es la única persona que sabe de esto?
-Y usted, naturalmente. ¿Por qué me lo pregunta?- Contra preguntó Gordon, extrañado.
Price se encaramó a una mesada y lo miró profundamente. Su voz se tornó mucho más reflexiva cuando le habló.
-No creo en las casualidades, Gordon. Dios, el destino, el karma, como quiera llamarlo, me trajo acá. A pesar de que nos instruyen y entrenan para ocultar los sentimientos, los militares (o la gran mayoría de nosotros) tenemos sentimientos.
Gordon no entendía en lo más mínimo que tenía que ver esto, y así se lo indicó. Price hizo un gesto brusco para que se calle.
-Déjeme terminar, Gordon. Le voy a contar una historia, mi historia. A los 25 años, ya siendo teniente, conocí a Denise, la que después sería mi esposa y madre de mi hijo. Me costó mucho conquistarla pero me di cuenta muy rápido de que ella valía la pena. A mis 31 años decidimos que ya era tiempo de tener un hijo, y pusimos manos a la obra (confío en no tener que darle detalles de esto último).
En fin, 5 meses después, Denise se hizo el test de embarazo y descubrió que estaba embarazada. La felicidad que sentimos no puede ser comparada con ninguna otra.
Resumiendo, nos enteramos que el bebé iba a nacer varón, y le pusimos de nombre William. Todo iba bien hasta el día en que nació. Fue un parto totalmente normal, pero a la hora de que nació el partero me llamó aparte para no preocuparla y me dijo que William tenía un problema en el cerebro que no habían detectado, y había una gran posibilidad de que tuviese un gran retraso mental.
No es necesario aclarar que me deprimí muchísimo. El pobre chico siempre iba a ir por detrás de los otros, dependería de mi toda su vida y nunca iba a poder integrarse.
Todo esto me angustió mucho. William creció y, efectivamente, era deficiente mental, pero hasta el dio de hoy es el niño más bueno y feliz sobre la tierra. Lo amo más que a nada.- El general tragó saliva y miró a Gordon con ojos vidriosos.- ¿Ahora entiende?
-No del todo. ¿Por eso quería usted algo que aumente el coeficiente en vez de disminuirlo?
-No, no me entendió.- Respondió Price bruscamente.- Usted, pedazo de mierda, quiere condenar a medio mundo, si es necesario, a padecer lo mismo que mi hijo.
-¡No voy a tolerar insultos, y menos en mi laboratorio!- Contestó Gordon indignado.- Retírese ya mismo o llamo a seguridad.
Price lo miró con ira asesina y en menos de dos segundos Gordon tenía su 9 mm reglamentario apuntándole al pecho.
-Ja, ¿me vas a matar?-Gordon emitió una risita nasal muy desagradable.- Sabe bien que no le va a servir de nada, idiota.
Sin dejar de apuntarle, Price caminó lentamente hasta la mesa, y tomó el ICReductor. El rostro de Gordon se llenó de pánico, y balbuceó, implorante.
-Po… po… por favor Pri Price.
-Cállese, imbécil. No merece la vida, pero haría un gran mal al mundo si lo matase. Así que va a sentir en carne propia su invento de mierda.
Gordon estaba paralizado de miedo y ni intentó salir de la línea de fuego. De la pistola no emergió un proyectil, ni un laser, ni un haz de luz. Solo un siseo.
El científico se desplomó, y se incorporó parcialmente a los pocos segundos. Price pensó por un segundo “¡Esto funciona en serio!” pero el pensamiento lo horrorizó. Gordon estaba sentado, con la espalda apoyada en la mesada. Price se agachó frente a él y lo saludó sin obtener respuesta. Gordon tenía la cabeza ligeramente ladeada, y los ojos perdidos en el infinito. Abrió la boca apenas, y solo surgió un hilo de saliva por la comisura de sus labios.
El general lo dejó en su mundo privado y tomó un destornillador. Después de un rato, logró desensamblar el ICReductor en la menor cantidad de piezas posible. Metió los restos en una bolsa, y los llevó al laboratorio que había visto abandonado en el viaje de ida.
Entró (Le pareció raro que estuviese sin llave) y buscó en las estanterías hasta encontrar lo que buscaba. Llenó un vaso de 2l con el ácido perclórico, y metió las piezas sin tocar el líquido. Observó la disolución hasta que terminó, y cuando se aseguró de que no quedaba rastro de la fatídica arma, se fue.
Atravesó sin problemas la entrada, saludó al cabo y se metió en su auto. Salió del ARB rápidamente y puso rumbo hacia su casa. Quizá investigasen. Quizá le harían corte marcial. Quizá… quizá no pasase nada. No había ninguna prueba en absoluto contra él. Nadie conocía la existencia ni la naturaleza del arma.
Llegó a su casa, finalmente. Besó a su esposa, abrazó a William. Se sentó en su sillón favorito y observó los juegos de su ya preadolescente hijo. Sonrió, y llegó a la conclusión de que el mundo estaba lleno de deficientes mentales que tenían mucho más que 90 puntos de coeficiente intelectual.

viernes, 20 de abril de 2012

El látigo

-No es necesario más intimidación que el látigo neurónico- Dijo Ditna, prestamista de profesión, a su socio, alcanzandolé un tubito de apenas 15 centímetros. – Cuando lo vea va a asustarse lo suficiente como para que ni lo tengas que usar.
-Sí, ya lo sé, pero no me gusta ni pensar en usarlo, y si se pone violento me va a obligar.- Respondió Grant Ortso- Ya sufrimos varias veces los efectos del coso este, y no es nada que le desee a nadie, y menos a un simple moroso.
El látigo neurónico era un arma no mortal temida en todos los planetas de la galaxia. Provocaba una sobrecarga electromagnética en el sistema nervioso central, provocando parálisis total temporal, y el dolor más intenso que el hombre pueda sentir. En el planeta Vomiscaas no había habido ni un asesinato desde hacía ya 300 años, pero los secuestros y torturas con el látigo eran aún peores y mucho más frecuentes, por tal razón estaban prohibidos.
Ditna recordó con un escalofrío la vez en la que un competidor le había aplicado el látigo, y le dijo a su socio:
-Es horrendo, pero no pensarás en algo tan bárbaro como quebrarle una pierna, ¿O no?
-No, no, pero me encantaría que mandes a algún empleado, como al idiota de Graj.
-Esto es algo delicado y sos mí único, escuchá bien, mi único hombre de confianza, por algo sos mi socio, Grant.- Señalando su silla de ruedas y sus inexistentes piernas, prosiguió:- Iría yo si pudiese, y lo sabés.
-Sí, ya sé…-Concedió Ortso a regañadientes.-Está bien, voy a ir.
-Sabés que, como mi socio, te corresponde el 50%.- Ditna le hizo un guiño.- Y ya sabés… si se complica, dale un latigazo a baja potencia.
Salet Yrd –Banquero por profesión y negociante turbio por hobby- Caminaba tranquilo por la cale del suburbio que lo llevaría a su idílica casa familiar. A lo lejos se escuchaba algún aerotren barrial, y se veían las incansables luces de la capital. Silbaba la tonada de moda e iba con medio cerebro concentrado en la futura cena que no esperaba (En otros tiempos hubiese ido pensando en el coito semanal con su mujer, pero desde el segundo hijo con dos al año se sentía más que conforme)
Un transporte de tierra, más negro que la noche sobre el suburbio, pasó a su lado lentamente. Grant identificó al deudor, y le indicó al chofer que frene unos metros adelante y lo espere hasta que termine, a lo que el chofer contestó con un quedo “Sí, señor”.
Grant se bajó del transporte y cerró con un portazo. Pasó por enfrente de la parte delantera del auto, subió a la vereda y se dirigió directamente hacía su presa.
Salet no se sorprendió en lo más mínimo; a eso se arriesgaba pidiendo prestamos ilegales. Grant le apuntó con el látigo, y ahí sí la sorpresa le ganó. Alguien se estaba equivocando, aparentemente.
-Hola, Salet- Dijo Grant, sin dejar de apuntar el látigo- Ditna quiere que le pagues YA.
-Señor Yrd, para usted. Para su información, ya pagué mi deuda, incluyendo los ridículos intereses.- Se notó el desprecio en su voz y tratando de pasar por un costado, le dijo: - Dejeme pasar, escoria.
-Yo no sería tan impertinente con una persona que le está apuntando con esto. ¿Conoce el látigo neurónico, no?
-No sea payaso. Eso no es un látigo neurónico ¿No ve que tiene la punta hueca, hombre? Déjeme pasar, ya le dije que pagué todo.
-Todos los morosos insisten en que pagaron todo, sin excepción. Ditna me mandó acá para advertirle, pasemé ya mismo 2000 créditos a esta tarjeta, como adelanto. No se haga el imbécil, ya sé que su dispositivo bancario portátil que lleva encima lleva más que esa cantidad.
-No voy a pagar ni un centavo más.- Repuso intentando pasar nuevamente por la izquierda de Grant.- Si Ditna tiene algún problema, que venga personalmente y deje de mandar secuaces.
-Primero, soy un socio. –Empujó hacia atrás a Yrd.-Y segundo, deme ya mismo esos créditos o le voy a demostrar que esto sí es un látigo neurónico.
-Ya dije que no.- Yrd cerró los puños y lo amenazó con el derecho.- Y déjeme pasar o lo mato a golpes.
-¿Conque esas tenemos, eh? Te lo buscaste, imbécil.- Antes de terminar la oración, Grant ya había disparado el látigo.
El agresor sintió esa mezcla de compasión y adrenalina que sentía siempre que disparaba un látigo. Miró como Yrd se desplomaba y pensó que se lo merecía: Se había atrevido a amenazarlo.
Yrd cayó al suelo pesadamente, y Grant olisqueó el aire. Reinaba un olor repugnante a quemado, que le recordaba a… a…
Se quedó boquiabierto, rezando porque lo que pensaba no sea cierto. Se agachó junto al cuerpo de Yrd y le tomó el pulso: Absolutamente nada. Desesperado, dio media vuelta y buscó al transporte, pero ya no estaba.
Ya resignado, se sentó en el cordón de la vereda. Las sirenas de los aerocoches de policiales sonaban cada vez más cercanas.
Sonrió amargamente al darse cuenta de la ironía de la situación. Yrd le había dicho que lo que tenía en la mano no era un látigo neurónico, pero a ninguno de los dos se le pasó por la cabeza lo que realmente tenía Grant en la mano era un arma que hacía 300 años había salido de circulación: Un atomizador –Arma que elevaba la temperatura de la sangre hasta evaporarla y quemaba los tejidos internos- miniaturizado y camuflado. Ahora sabía que Yrd decía la verdad, y había pagado en tiempo y forma su deuda. Yrd solo era el señuelo.
Él, Grant Ortso, había cometido el primer asesinato en 3 siglos, y Ditna, el lisiado, sin nada que lo ligue a su ex socio, de ahora en más recibiría el cien por ciento de las ganancias.

Propuesta

-Leí demasiado, y vi muchas películas como para confiar en usted- Dijo Joaquín Guillermo Molina a su huésped
- A mí nunca se me termina de conocer- Respondió el ser que se hacía llamar Luciano Fernández, prendiendo un pucho y guiñando un ojo- No soy tan garca como dicen, ni estoy tan en contra de la humanidad. Solo quiero liberarlos, nene. Cumplir sus sueños, que sean verdaderamente felices, sin tener que privarse absolutamente de nada…
- Soy católico –Repuso Molina tímidamente
- Nadie es más creyente que yo, créeme.- Dijo Fernández, después de una bocanada de humo. Miró su reloj y prosiguió:- El tiempo es tirano, tenés que tomar una decisión. ¿Sí, o no? Tu futuro depende de vos, y de nadie más.
-Me vas a terminar cagando.
-El único que te puede llegar a cagar, sos vos. Esperáme mañana a las 12 en punto. Si para ese entonces no te decidiste, te lo perdés pichón.- Sin esperar respuesta, Luciano Fernández se retiró.
Molina digirió las palabras de su invitado. Todo había pasado tan rápido y era tan irreal… Desde el diagnostico las cosas pasaban, y el solamente era un espectador, ajeno a su propia vida.
Era todo tan jodido… desde que se enteró que le quedaban 6 meses de vida, no podía pensar con claridad. Entre los trámites sucesorios y quimioterapias, el tiempo se le iba.
Le quedaba la mitad del tiempo estimado, y todavía no lograba resignarse. El consuelo de la vida eterna no lo convencía, y el concepto ateo de simplemente dejar de existir le aterrorizaba aún más. Definitivamente, quería vivir.
Fue así, que cierto día fue convocado por el dueño de su empresa a su oficina. Obviamente, lo de su enfermedad había trascendido y llegado a los oídos de los jefes, y era política de la empresa despedirse de los futuros fiambres con una palmadita en la espalda.
Pero las cosas en la titánica oficina del jefe no fueron como Joaquín Molina imaginaba. El hombre, que vestía un traje que costaba lo que Molina ganaba en un año, le habló francamente de su situación de “casi muerto” (cosa inaudita, si de recursos humanos se trata), y, para asombro de Joaquín, le tendió una tarjeta de presentación negra. En letras grandes y blancas se leía “Luciano Fernández” y por debajo se veía un celular, y nada más. Molina lo miró extrañado, sin entender, y el jefe le explicó:
-Este tipo, este tipo hace milagros… literalmente. Yo, antes de verlo, limpiaba pisos en un bar, y ahora soy dueño de esta y dos empresas más. Llamalo, haceme caso.- y dicho esto, se puso a teclear en su notebook, como si Molina nunca hubiese estado ahí.
Y así, al quinto mes desde el diagnóstico, y sintiendo la guadaña acariciarle el cuello, llamó al número impreso en la tarjeta. Lo atendió la grabación de una voz gutural
“por favor, deje su dirección y por quien le fue recomendado este servicio después de la señal”
-Luro 3176, Mauricio Epstein.
Exactamente 5 minutos más tarde, Luciano Fernández tocó el timbre de su casa.

El trato era simplísimo, y la fórmula, repetidísima y más que trillada: un alma, un deseo. En este caso, fuera tumores, y llegado el momento, tendría un lugar reservado en el hotel pandemónium. Fernández le había explicado que el trato era altamente beneficioso para Molina, porque, aunque no aceptase cerrar el trato, se iba a ir al infierno igual. Sí, la memoria de Fernández se remontaba a mucho tiempo atrás, y nunca le fallaba. Le recordó un par de malas acciones a Molina, y con eso lo convenció de que su destino era inexorable. Sí, definitivamente, el más beneficiado con el intercambio era Joaquín, que obtendría unos años más de vida… prácticamente gratis.
Pero a Molina no le cerraba, y le preguntó por qué, sí no sacaba nada, le ofrecía el trato. Luciano Fernández lo miró de soslayo, y solamente le dijo que “a veces es mejor estar seguro”. Fernández también le explico que, una vez hecho, el trato era irrevocable: lo que se da no se quita.

La noche siguiente, siendo casi las doce, Molina ya había tomado la decisión: quería vivir, sea como sea. Luciano Fernández tocó el timbre al igual que la noche anterior, y Molina lo hizo pasar.
-¿Y? ¿Qué decidiste? –preguntó Fernández restregándose las manos con impaciencia
-Sí- Respondió Joaquín, arrepintiéndose de antemano- quiero no tener cáncer.
-¡excelente!- Repuso el otro, levantando teatralmente las manos- para que quede claro: vos me entregas tu alma, y yo te saco el tumor.
-Exacto.
-¡Concedido! Solamente dame la mano, y el trato se cierra. Nada de pactos de sangre, obviamente, muy antihigiénico- dijo Luciano Fernández con expresión remilgada
Molina le tendió la mano tímidamente, y Fernández se la apretó firmemente. Molina sintió de repente un cansancio infinito, y cayó casi inconsciente en un sillón. Fernández lo observó con una sonrisita ladeada, y le habló condescendientemente:
-Bueno, ya hice mi trabajo, y tenés el cuerpo sano de todo cáncer. Aunque tendrían que haberte aconsejado de joven que cojas con forro… según mis cálculos, hace 5 años que tenés hepatitis B, pichón. Esa Rocío Juárez estaba más apestada que Europa en el siglo XV- Molina sintió la verdad en la voz de Luciano Fernández, y se hundió en el sillón, preso de una negra desesperación. Fernández se prendió un pucho, y, con una desagradable sonrisa ladeada, le dijo finalmente - ¿no tenés otra alma para ofrecerme, no?
Dio una pitada, le guiñó el ojo y se fue.