lunes, 15 de agosto de 2016

El sistema de Anwar Bashir

Fue una mezcla de hambrunas y guerras intestinas lo que llevó al pueblo de Aqtau a – ¡Por fin! –prestar atención a las palabras del poeta Anwar Bashir. La filosofía de Bashir provenía de haber experimentado en carne propia la vida bajo tres regímenes: el califato, el socialista soviético y, en sus últimos años de vida, el capitalismo traído de occidente.
Las madres que habían perdido a sus hijos, los hijos que habían perdido a sus padres, los ancianos que habían trabajado toda una vida para ver como la matanza se llevaba no sólo los frutos de su labor sino también sus creencias, todos deseaban (sin fervor, sólo ese deseo apático que es producto del maridaje de la desesperanza y el hastío) algo nuevo, una alternativa que les permitiese vivir en paz después de milenios de conflictos. La tierra estaba marchita, y los edificios, agrietados.
Anwar Bashir había volcado toda su cosmovisión en un conjunto de tres libritos antes de morir, que, a grandes rasgos, exponían los siguientes puntos:
                En teoría, todos los sistemas funcionan. Desde el más fanático anarquismo hasta el más radical capitalismo, en papel las cosas siempre andaban de maravilla. Era en el momento de la práctica cuando los sistemas se demostraban falibles  y corruptos: la razón de esto no eran falencias en el concepto sino que para hacerlos funcionar hacía falta intervención humana y, como todos sabemos, no hay nada más falible y corrupto que un humano.
                Habiendo identificado el problema, decía Bashir, es fácil arreglar la enfermedad que agobia desde el inicio de los tiempos a todas las organizaciones sociales: bastaba con quitar de la ecuación al ser humano. El problema ahora era todavía más enrevesado que antes: ¿Quién habría de guiar al pueblo sin ser humano? La idea seguramente pareciese ridícula a un oyente impaciente, se atajaba Bashir. Ante la inexistencia o la indiferencia de Dios –este pasaje en particular le hubiera traído graves problemas con el Islam si el poeta hubiera estado vivo en el momento de su popularidad – la sola idea de la teocracia era imposible. Aun siendo practicable, siempre se necesitaría una burocracia de sumos sacerdotes, encargados de la liturgia y canónigos de bajo nivel para hacer cumplir las leyes sagradas. Los ejemplos de la corrupción eclesiástica eran tantos que ni valía la pena mentarlos.
Otra alternativa sería el uso de la tecnología para ayudar al hombre a encontrar la paz social; un cerebro robótico que se encargase de tomar todas las decisiones concernientes al gobierno. Esta idea, refiere el letrado, todavía es impracticable, y aún en un futuro donde las capacidades técnicas –la inteligencia artificial- de las máquinas superasen al intelecto humano habría de revisarse y sopesar las ventajas y desventajas de dejar el control de nuestras vidas en manos de ingenios mecánicos.
                Es en el último texto de su tríada donde Anwar propone el sistema de gobierno que habría de adoptar Aqtau veinte años después de su muerte. Mucho se ha discutido acerca de si el texto de Bashir desea su instauración en el mundo real, o si solamente contenía una propuesta utópica como ejercicio mental o ejemplificación de la tesis (el hastío y la desesperanza con cualquier clase de gobierno) que había desarrollado en sus dos libros anteriores. La controversia es interesante pero inútil: en los hechos, la nación de Aqtau se independizó del país que la contenía y adoptó como forma de gobierno la Anankecracia, el gobierno del azar.
“Mi repudio para cualquier forma de poder es unánime e insuperable: toda la historia de mi pueblo y del mundo entero me dan la razón. Sin embargo, no creo que el ser gobernado de tal o cual manera sea el problema último del ser humano. Su falta de libertad, en postrera instancia, no proviene de los demás, y dudo mucho que siquiera sea consecuencia de si mismo.
La fuerza que rige los movimientos, las caídas y los ascensos humanos en todos los ámbitos de la vida no es otro que el destino. Cuando hablo del destino no apunto  ¡no se me malinterprete! a un plan prediseñado por un demiurgo supremo, sino al azar más puro, a la conjunción de casualidades que forman el entramado del universo.
No niego la existencia de Allah ni de su plan, pero creo sería de una presunción y una soberbia herética de nuestra parte, viles insectos que se arrastran sobre la tierra, fingir que podemos discernirlo.
Deberíamos de abandonarnos al destino y que este sea el que gobierne nuestras vidas en todos los aspectos, tanto me refiero a las lluvias que hacen vivir o matan las cosechas, pasando por el amor y el deseo que un día nos atormentan y al otro nos hastían, hasta, finalmente nuestra forma de gobierno. Todas las leyes, los impuestos, los mandatos deberían ser decididos mediante la suerte: esta es la única manera en la que nos aseguraríamos de que nadie pudiera salir –al menos, intencionalmente –beneficiado con ellas. Si el mundo entero adoptase esta forma de gobierno nos aseguraríamos al fin de erradicar las malas intenciones de príncipes y mandatarios”
Anwar Bashir, Libro de la esperanza; p. 56.

Luego de meses de discusiones y de revueltas plagadas de violencia, el pueblo finalmente tomó el poder e instauró la anankecracia como única forma legal de gobierno. La figura de Anwar Bashir fue enaltecida hasta convertirse en profeta nacional y sus libros se convirtieron en material de lectura obligatorio en todas las instituciones educativas. Aún hoy pocas son las casas que en algún cuarto no tengan un retrato del poeta de Aqtau.
Pero el Libro de la esperanza no iba más allá de la elucubración teórica, y los detalles no tardaron en dar más inconvenientes que los que el esperanzado movimiento popular anankecrático había previsto. Hubieron de establecerse asambleas para decidir qué método se usaría para echar suertes, cómo se decidiría quién imponía las futuras leyes a sortear (ya que cualquier método del azar sólo puede arrojar respuestas vagas o, a lo sumo, valores numéricos, pero nunca oraciones completas que pudieran interpretarse como mandatos o leyes), cómo estas leyes habrían de hacerse cumplir y qué castigos se deparaban a los que no lo hicieran. Luego de estas deliberaciones se echaban suertes –con el método universal de lanzar una moneda – para ver si el resultado era aprobado o no por el destino. De dar un resultado negativo, la asamblea tenía que ser repetida, y la conclusión cambiada por otra que se amoldase mejor a los designios del azar.
Los primeros escollos fueron superados con no poco esfuerzo, y al cabo de unos meses la Nación de Aqtau estuvo lista para comenzar su nuevo rumbo. Un congreso de nueve personas, designadas obviamente mediante un sorteo, fueron las responsables de señalar cuáles leyes habrían de ser sometidas al deseo de la fortuna. No pasó siquiera una semana cuando los impuestos fueron reducidos a tan sólo una décima parte de lo que habían sido en tiempos de la democracia, y la gente, enfebrecida por la bonanza y felicitándose por la decisión magistral de abrazar la anankecracia, inundó las calles en un torrente de felicidad y complacencia. La disolución total de las clases sociales en el país logró que, por primera vez, el pueblo íntegro se uniese en una celebración, sin dejar fuera a nadie.
                La siguiente ley prohibió el incesto en todas sus variantes –incluyendo familiares lejanos – so pena de muerte, y en la calle se abandonó el jolgorio para comenzar a verse caras preocupadas. Algunos matrimonios se disolvieron de inmediato (el divorcio fue aprobado a los pocos días, gracias a un número 19 de un dado de veinte caras) y otros, no dispuestos a separarse de sus amadas primas y sobrinas, decidieron exiliarse de un país que se había vuelto tan cambiante y multiforme que hacía imposible toda adecuación. Grande fue su sorpresa cuando, al llegar a la frontera, la milicia les prohibió el paso: la emigración, ceca mediante, estaba formalmente vedada en todo el país. En el centro del país, las leyes de mercado variaban a diario gracias a loterías, tiros de moneda o dados, consultas a los hexagramas del I Ching. Grandes fortunas se hacían de una noche a la mañana, y así también se perdían; si tenía suerte, un asesino de niños podía ser sólo azotado, mientras que un ladrón de pan cuyo número fuese adverso podía terminar ahorcado.
                Por cuestiones meramente de probabilidad, los grupos disconformes con la situación nacional crecían todos los días en número y fuerza. Los más radicales (entre los que se encontraban muchos de los incestuosos a los que nos referimos en el párrafo previo) comenzaron a plantearse de qué manera la suerte había designado a los nueve congresistas y, retrocediendo aún más, cómo era que los que primero decidieron la forma que habría de tener el nuevo estado llegaron a esa posición. El agua corrió bajo el puente y, en un fatídico 19 de noviembre, se descubrieron vínculos clarísimos entre los primeros asambleístas y los nueve congresistas. Los nueve quisieron desmentir las acusaciones, pero raides en sus casas descubrieron grandes cantidades de dinero y posesiones, mal habidas sin duda: indagaciones más rigurosas demostraron la relación entre las leyes impositivas aprobadas “al azar” y el incremento exponencial del patrimonio de los congresistas. Las coincidencias eran demasiadas para ser que vivían bajo el reinado de la suerte, y el pueblo fue implacable.
                El día siguiente, 20 de noviembre (fecha patria a partir de ese año) en la plaza principal de la Capital un grupo de hombres introdujo una docena de papeles en un sombrero y extrajo uno, que indicaba que los acusados debían morir fusilados. Los nueve congresistas, los primeros asamblearios y todos sus familiares fueron pasando en rondas de a cinco, siendo ajusticiados por un escuadrón de lugareños, cuyos integrantes fueron determinados por lotería.
                Los revolucionarios comunicaron al pueblo su determinación de no dejar que la corrupción volviese a asolar sus tierras y abolieron la anankecracia para instaurar un califato, el cual, gracias al apoyo de los habitantes de Aqtau, continúa hasta el día de hoy. Todos los 20 de noviembre se celebra una gran fiesta nacional que incluye fiestas, bailes y loterías con grandes premios, siendo el único día donde se levanta la rigurosísima prohibición que pesa el resto del año sobre los juegos de azar.

                

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