sábado, 21 de abril de 2012

ICReductor

El general Price atravesó la primera caseta de seguridad con su auto, tras la revisación de su pase militar por un anodino alférez. Manejó a 10 kilómetros por hora –Máximo permitido dentro del complejo de investigación armamentista de los EEUU.- hasta la plaza de estacionamiento.
Bajó del coche, activó la alarma y el auto lo saludó con un “cuek-cuek” afectuoso. Caminó escasos metros hasta el complejo propiamente dicho, y atravesando más controles entró al interior, acompañado de un cabo.
El ARB (Arms Research Bureau en su idioma original) era un gigantesco predio con mitad de población científica y mitad militar. En su interior había el triple de laboratorios que de puestos de control, torres y nichos de ametralladoras, pero la presencia militar era fuertísima. En los 35 años desde su creación, solamente habían entrado dos civiles al complejo, y ambos habían sido presidentes de la nación al momento de ingresar.
Price, siempre guiado por el marcial cabo, pasó por el pasillo central, en el cual las ventanas daban visión de distintos laboratorios (aunque ni una décima parte del total). Pasaron por un laboratorio de química donde unos ceñudos jóvenes valoraban una solución. Inmediatamente al lado, un laboratorio prácticamente igual, pero vacío. Price estuvo a punto de preguntarle al cabo a que se debía esto, pero al ver que las probabilidades de que el cabo lo sepa, y, que aun sabiéndolo se lo comunicase eran prácticamente nulas, desistió.
Pasaron por las puertas de varios laboratorios más, la mayoría llenos de actividad. A los cinco minutos de haber dejado la puerta, el cabo se detuvo y con un quedo “Esta es, señor” le indicó la puerta de un laboratorio.
Price observó desde afuera la sala, y no vio nada que le llame la atención, excepto que las ventanas para observar estaban polarizadas. El cabo le preguntó respetuosamente y con la menos cantidad de palabras posibles si necesitaba su presencia en la puerta, y Price le respondió que podía encontrar la salida solo cuando terminase. El cabo se cuadró, saludó y se fue.
El general bajó el picaporte y lo encontró cerrado, pero desde adentro del laboratorio le llegó un apurado “ahí voy”. Esperó unos segundos con los brazos cruzados, hasta que se abrió la pesada puerta de metal y un rostro desalineado surgió desde adentro del laboratorio.
-Pase, pase.- Dijo el científico, acomodándose el blanco guardapolvo. Guió a Price hasta el centro del laboratorio y le tendió la mano.- Soy el doctor Thomas Gordon, un gusto.
-El gusto es mío dr. Gordon. Soy el general John Price.- Le apretó la mano; el científico tenía un apretón demasiado débil para su gusto.- Supongo que sabe por que estoy aquí, ¿No es así?
-Claro que sí.
-A mis rangos superiores les pareció muy rara su comunicación, sobre todo por su…- Price hizo una pausa.- Falta de detalles, se podría decir.
-Fue totalmente a propósito y por seguridad. Espero que comprenda, desde este mismo instante, que el arma que he creado aquí es la más poderosa en la historia de la humanidad. Su potencial supera por mucho el de las bombas atómicas, por ejemplo.
-Lo que dice es prácticamente imposible, pero cuenta con el apoyo del ejército desde que ayudó con el tema de la granada aturdidora.
-Ah, sí, hicimos un buen trabajo con eso. Pedí que venga personalmente alguien de confianza, por que sería demasiado inseguro enviarle los detalles al estado mayor por cualquier medio.- La cara de Gordon se iluminó con una fanática admiración.- Le repito: este arma es superior a todas las jamás creadas.
-Entiendo Gordon, que usted lo cree así.- Repuso Price con un gesto de impaciencia.- Ya vine, digame en que consiste esta arma, y sus aplicaciones prácticas, sobre todo.
-Bueno, el ICReductor, como yo lo llam…
-Trate de explicar todo y ahórrese el palabrerío científico, por favor.- Interrumpió Price.
-Trate de no interrumpirme, si puede.- Si las miradas pudiesen matar, el general estaría exánime en el suelo.- Como le decía, el ICReductor es, básicamente un arma que proyecta cierta mezcla controlada de fotones y protones microscópicos y neutraliza las cargas cerebrales responsables del funcionamiento de las sinapsis.- Al ver que Price no había entendido, Gordon aclaró:- Es decir, disminuye el coeficiente intelectual. De ahí su nombre, Intellectual Coeficient Reductor.
-¿Me está diciendo que puede reducir el coeficiente intelectual de una persona?
-Exactamente.- Respondió Gordon con una sonrisa. Caminó hasta una caja de vidrio con un panel numérico, tecleó la clave y del interior extrajo una pistola con tres tubos verde-violetas arriba y a los costados de la corredera. Gordon se acercó a Price y le mostró el ICReductor con indisimulable orgullo.- Acá lo tiene general, mi bebé.
-Pero no entiendo.- Dijo quedamente Price, mirando la rara pistola.- ¿No sería mejor inventar algo para aumentar la inteligencia, en vez de disminuirla?
-Se nota que no es científico, general.- Repuso Gordon con una nota de desprecio en la voz.- Cuando se trata del cerebro, es infinitamente más fácil destruir que crear. Creo que usted no entiende el logro inmenso que es esta arma.
-¿Pero no se podría lograr lo mismo con una lobotomía?-Preguntó Price, con un poco de resentimiento por el desprecio.
-¿Puede acaso lobotomizar a todo un país? Esta arma es solo un modelo, pero se puede agrandar y convertir en una onda de 2 km de diámetro. Podemos construir diez de esos y montarlos en diez aviones y volver retrasada a la población de todo un país.
-¿Retrasada?
-Sí, deficiente mental.- Respondió Gordon dejando el ICReductor sobre la mesa más próxima.- Este arma disminuye el CI hasta un límite de 30 puntos, que es el que posee una persona muy deficiente. Fíjese que el promedio es de 80 a 90 puntos. Podríamos convertir al resto del mundo en deficientes y hasta convertirlos en esclavos.
-¿Usted trabaja solo en esto?
-Sí, no podía confiar en un ayudante, y una vez que desarrollé la parte teórica, fabricarla no fue muy difícil.
-Entonces, ¿es el único que sabe como duplicar esto?- Inquirió Price, imperturbable.
-Así es, pero no crea que el invento corre peligro. Aquí, en el ARC, estoy del todo seguro, y como precaución deje tres manuscritos guardados por tres estudios de abogados, con instrucciones de que si a mí me pasa algo (como asesinato o secuestro), se mande una copia al presidente, una al estado mayor del ejército y otra a la cámara de diputados.- Hizo una pausa para acomodar un instrumental.- Como verá, general, estoy decidido a que mi nombre quede para la historia.
-Tengo que insistir: ¿Es la única persona que sabe de esto?
-Y usted, naturalmente. ¿Por qué me lo pregunta?- Contra preguntó Gordon, extrañado.
Price se encaramó a una mesada y lo miró profundamente. Su voz se tornó mucho más reflexiva cuando le habló.
-No creo en las casualidades, Gordon. Dios, el destino, el karma, como quiera llamarlo, me trajo acá. A pesar de que nos instruyen y entrenan para ocultar los sentimientos, los militares (o la gran mayoría de nosotros) tenemos sentimientos.
Gordon no entendía en lo más mínimo que tenía que ver esto, y así se lo indicó. Price hizo un gesto brusco para que se calle.
-Déjeme terminar, Gordon. Le voy a contar una historia, mi historia. A los 25 años, ya siendo teniente, conocí a Denise, la que después sería mi esposa y madre de mi hijo. Me costó mucho conquistarla pero me di cuenta muy rápido de que ella valía la pena. A mis 31 años decidimos que ya era tiempo de tener un hijo, y pusimos manos a la obra (confío en no tener que darle detalles de esto último).
En fin, 5 meses después, Denise se hizo el test de embarazo y descubrió que estaba embarazada. La felicidad que sentimos no puede ser comparada con ninguna otra.
Resumiendo, nos enteramos que el bebé iba a nacer varón, y le pusimos de nombre William. Todo iba bien hasta el día en que nació. Fue un parto totalmente normal, pero a la hora de que nació el partero me llamó aparte para no preocuparla y me dijo que William tenía un problema en el cerebro que no habían detectado, y había una gran posibilidad de que tuviese un gran retraso mental.
No es necesario aclarar que me deprimí muchísimo. El pobre chico siempre iba a ir por detrás de los otros, dependería de mi toda su vida y nunca iba a poder integrarse.
Todo esto me angustió mucho. William creció y, efectivamente, era deficiente mental, pero hasta el dio de hoy es el niño más bueno y feliz sobre la tierra. Lo amo más que a nada.- El general tragó saliva y miró a Gordon con ojos vidriosos.- ¿Ahora entiende?
-No del todo. ¿Por eso quería usted algo que aumente el coeficiente en vez de disminuirlo?
-No, no me entendió.- Respondió Price bruscamente.- Usted, pedazo de mierda, quiere condenar a medio mundo, si es necesario, a padecer lo mismo que mi hijo.
-¡No voy a tolerar insultos, y menos en mi laboratorio!- Contestó Gordon indignado.- Retírese ya mismo o llamo a seguridad.
Price lo miró con ira asesina y en menos de dos segundos Gordon tenía su 9 mm reglamentario apuntándole al pecho.
-Ja, ¿me vas a matar?-Gordon emitió una risita nasal muy desagradable.- Sabe bien que no le va a servir de nada, idiota.
Sin dejar de apuntarle, Price caminó lentamente hasta la mesa, y tomó el ICReductor. El rostro de Gordon se llenó de pánico, y balbuceó, implorante.
-Po… po… por favor Pri Price.
-Cállese, imbécil. No merece la vida, pero haría un gran mal al mundo si lo matase. Así que va a sentir en carne propia su invento de mierda.
Gordon estaba paralizado de miedo y ni intentó salir de la línea de fuego. De la pistola no emergió un proyectil, ni un laser, ni un haz de luz. Solo un siseo.
El científico se desplomó, y se incorporó parcialmente a los pocos segundos. Price pensó por un segundo “¡Esto funciona en serio!” pero el pensamiento lo horrorizó. Gordon estaba sentado, con la espalda apoyada en la mesada. Price se agachó frente a él y lo saludó sin obtener respuesta. Gordon tenía la cabeza ligeramente ladeada, y los ojos perdidos en el infinito. Abrió la boca apenas, y solo surgió un hilo de saliva por la comisura de sus labios.
El general lo dejó en su mundo privado y tomó un destornillador. Después de un rato, logró desensamblar el ICReductor en la menor cantidad de piezas posible. Metió los restos en una bolsa, y los llevó al laboratorio que había visto abandonado en el viaje de ida.
Entró (Le pareció raro que estuviese sin llave) y buscó en las estanterías hasta encontrar lo que buscaba. Llenó un vaso de 2l con el ácido perclórico, y metió las piezas sin tocar el líquido. Observó la disolución hasta que terminó, y cuando se aseguró de que no quedaba rastro de la fatídica arma, se fue.
Atravesó sin problemas la entrada, saludó al cabo y se metió en su auto. Salió del ARB rápidamente y puso rumbo hacia su casa. Quizá investigasen. Quizá le harían corte marcial. Quizá… quizá no pasase nada. No había ninguna prueba en absoluto contra él. Nadie conocía la existencia ni la naturaleza del arma.
Llegó a su casa, finalmente. Besó a su esposa, abrazó a William. Se sentó en su sillón favorito y observó los juegos de su ya preadolescente hijo. Sonrió, y llegó a la conclusión de que el mundo estaba lleno de deficientes mentales que tenían mucho más que 90 puntos de coeficiente intelectual.

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